Durante el comienzo de la Alta Edad Media (siglos V-X) buena parte de la Península estuvo bajo el dominio del Reino Visigodo de Toledo. Pero la entrada en escena de un nuevo poder político lo iba a cambiar todo.
A comienzos del siglo VII surgió en Arabia una nueva religión, el Islam, fundada por Mahoma. El Islam afirma que hay un único dios, Alá, y que Mahoma es su último profeta. Su libro sagrado es el Corán, que regula todos los aspectos de la vida. Mahoma logró unir a todas las tribus árabes en un solo Estado que se identificaba con la comunidad de creyentes musulmanes. La búsqueda de botín y el deseo de extender la religión musulmana llevó al nuevo Estado a expandirse a una velocidad asombrosa. De esa forma se creó el Imperio Islámico, que en solo un siglo logró extenderse por todo el Próximo Oriente y el norte de África.
Los musulmanes entendían que toda la comunidad de creyentes debía estar unida bajo un solo gobernante, el califa, que era a la vez el líder político y espiritual de todos los musulmanes. Cuando el Imperio Islámico creció mucho, los califas tuvieron que confiar los territorios más alejados a gobernadores. Los más poderosos de estos eran los emires, que eran comandantes militares a los que se encomendaba el gobierno de un territorio amplio.
La cultura árabe, que había sido una cultura de nómadas del desierto, absorbió la cultura de las civilizaciones urbanas grecorromana y persa. De esa forma, el Islam conservó y difundió la civilización urbana, las técnicas y la cultura de la Antigüedad a lo largo de la Edad Media. Además, se convirtió en el intermediario entre Oriente y Occidente.
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