HACER  DE  LA  NECESIDAD  VIRTUD

Por Rafael Vilches profesor de Educación Física

 

En algún lugar he leído que Cayo Mario, heroico personaje de la antigua Roma, dotado de una gran ambición personal, solía reflexionar sobre la condición humana observando a los esclavos encadenados en galeras. En su reflexión, no conseguía entender como se podía vivir atado permanentemente a una cadena, sin otra aspiración que la de ver pasar un día tras otro. En una ocasión, tras observar que los esclavos, en un momento de asueto y descanso, reían y charlaban felices, les preguntó como podían estar tan alegres arrastrando una vida tan dura como la que les había tocado vivir. Uno de ellos le contestó: “Es muy fácil si aprendes a colaborar con lo inevitable”.

 

         Hacer de la necesidad virtud, intentar sacar ventaja de la desventaja, quizás pueda parecernos un mecanismo de defensa muy humano, e incluso elogiable, ya que nos permite afrontar con mayor fortaleza y capacidad de adaptación los obstáculos que la vida nos va colocando en el camino. Sin embargo, es muy posible que todos nos compadeciéramos del pobre esclavo si, además de sobrellevar con resignación su pesada carga, se divirtiese saltando a la comba con la cadena y, además, pretendiese que todos nosotros participásemos de su triste juego.

 

En una ocasión, un buen y querido amigo mío, tras sufrir un desengaño amoroso y perder a su pareja, se marcó como meta el reunir a sus viejos amigos, a los amigos de siempre, y protagonizar un anacrónico “revival” de nuestros años de juventud. Desgraciadamente para él, las circunstancias ya no eran las mismas, nuestras vidas habían cambiado y no pudimos, a pesar de la buena predisposición existente, seguir la línea que él nos pretendía marcar. Dolido por nuestra actitud, nos acusó de estar domesticados, adocenados y privados de libertad, y él, en un artificioso intento de hacer de la necesidad virtud, a su soledad la llamó felicidad y a su desordenada nueva vida la llamó libertad.

 

Hacer de la necesidad virtud, como estrategia para afrontar algo provisional y transitorio, es humano e inteligente, lo que quizás no lo sea tanto es convertirlo en un principio incondicional que te impida ver que hay otros modos, igualmente defendibles, de afrontar la vida.

 

Todo esto viene a cuento porque soy especialmente sensible a la actitud de todas aquellas personas que, movidas por el autoengaño unas veces, en ocasiones a causa de su prepotencia o soberbia, y en otras, por una escasa empatía con los que piensan de diferente manera, llevan hasta tal punto la capacidad de hacer de la necesidad virtud, que acaban creyéndose y haciendo creer a quienes les rodean,  que su modelo de vida o de actuación es el único modelo a seguir, y que todo aquel que se aleje de su inequívoca y “virtuosa” línea de actuación es un pobre diablo, mediocre y totalmente prescindible, sin pararse a pensar que la encarnizada defensa de su opción personal, en la mayoría de las ocasiones, no está motivada por motivos altruistas o dignos de elogio, ni tampoco se trata de una opción personal libremente elegida, sino más bien es el fruto de unas ambiciones y/o circunstancias personales que no le han permitido, muy a su pesar, encontrar otro objetivo en la vida que le pudiese satisfacer más. Por todo ello, no puedo evitar que dichas personas acaben inspirándome una actitud lastimosa y compasiva, porque detrás de ese halo/coraza de ambición, seguridad y autocomplacencia, se esconde una variante más de la ya mencionada capacidad de hacer de la necesidad virtud.

 

Sería una actitud muy purificadora darse un baño de humildad de vez en cuando, para poder entender que cada uno de nosotros perseguimos e intentamos alcanzar objetivos no siempre iguales a los de los demás. Por ello, nuestras ambiciones, nuestras inquietudes, nuestros intereses y nuestras prioridades, aún siendo distintas de las de los demás, no por ello dejan de ser válidas o igualmente respetables. Es triste comprobar como hay determinadas personas que acaban convirtiendo esas ambiciones e intereses en una indefendible excusa para elevarse a dos palmos de la tierra y, revestidos de un aura de infalibilidad, pretender sentar cátedra con cada una de sus decisiones o acciones, algunas de ellas equivocadas.

 

 

 

 

Rafael Vilches