
Amor incondicional
Si alguna vez la vida te parece amarga como el reverso de un sello. Si el día se despierta cerrado a cielo negro y el aroma del café te huele amargo y el agua de la ducha deja de ser amable y caen duras estalactitas como heladas caricias y tienes que gritar, pegar un brinco, luchar contra el jabón, el resbalón y la toalla, volver a maldecir al señor del butano, secarte a trompicones, salir casi en exilio de tu cuarto de baño.
Si alguna vez sientes que ese día los dos pies te parecen izquierdos y da igual del lado de la cama por el que te levantas y el fruto de tus manos es torpe y es cansado y tu aliento es denso y desganado y el ánimo cuarteado como una cicatriz y entiendes que esa nube del cielo descargará en tu pelo, en tu cuello, en tu empeño al completo, cuando el viento convierta tu paraguas en un agravio de varillas torcidas y jirones de tela.
Si alguna vez no eres capaz de sentir que la vida tiene la luz que requiere la vida y al caminar todo es sombra, resquicios y torpezas y abominables trastos y aconsejable olvido y mudanza de ánimo y combativo tedio. Si es que alguna vez sientes que el instituto no tiene nada de distraído, de jovial, de ocurrente, de gracioso o de ameno y te ves incapaz de dibujar en tu boca una simple palabra, como pan, arroz, casa o amigo.
Si alguna que otra vez crees que la amistad es un juego de fantasmas lejanos y que de los amigos sólo te quedan frívolos mails, birriosos sms y fotos que han perdido el brillo y hasta la compostura.
Entonces, ese día es tu día. Es el día para que yo me acerque, proteica y certera, y te muestre que el tálamo es algo más que un conjunto de núcleos voluminosos de tejido nervioso, que una ecuación bien planteada puede significar un plano del amor que desconoces, que je t’aime, I love you, ti voglio bene, Bundesliga y pianissimo tienen mucho que ver con el cauce de las caricias y los primeros besos, y que una imagen no siempre vale más que mil palabras, al menos esta vez.
Piénsalo bien la próxima vez que salgas a la calle y te encuentres el cielo en escombrera y creas que no hay nada que merezca la pena y te cueste reír o maldecir o incluso levantar los dos párpados. Piénsalo cuando estés sentado en clase y comprendas que soy la que se sienta a tu lado o en la esquina del fondo o en la primera fila o en ningún lado, y sigue ahí.
Lara en la penumbra