Y entonces morí

Lucía Romera Sojo 1º C Bachillerato

 

 

Y entonces morí.

Mi muerte como algunos dicen, fue trágica. Una chica a los diecisiete años muere asesinada mientras volvía a su casa.

Trágica e inesperada.

 

Los observo a todos, les grito, les suplico que dejen de llorar, pero no me oyen. Estoy confusa, ¿qué les pasa a todos? ¿Por qué nadie me mira? Me ignoran y yo no sé la causa.

Empiezo a recordar. Oscuridad. Dolor. Impotencia. Agonía. Y finalmente, alivio, ingravidez. He muerto.

Mi madre no habla, no come, no duerme. Mi padre es un sonámbulo, un espectro.

Mis hermanas…Ana, mi hermana, mi amiga, no sonríe, mira al vacío esperando algo que nunca llegará. Lloro por ella.

Y la pequeña, ella solo tiene dos años, no entiende nada, no recordará mi cara pero pregunta por mí una y otra vez, pero por respuesta solo recibe el silencio.

 

¿Qué hacer? ¿Como decirles que estoy bien, que sería feliz si oyera sus risas sonar de nuevo? No sé qué hacer.

 Ahora solo puedo mirar atrás porque no tengo un futuro, solo me queda revivir una, otra y otra vez, el final de mi vida. Encontrar una explicación para ese eco que pregunta ¿por qué yo? ¿Por qué yo?

Tenía tanto que hacer, que ver, que decir, que sentir. Cosas que quise hacer, pero a las que nunca me atreví, cosas que decir pero que nunca supe cómo.

Todos esos momentos se perderán en la espiral sin fin de mi memoria intentando hacerse un hueco entre tantos otros allí olvidados.

Nunca sabes que te va a tocar, dijo una vez alguien en alguna película. Y es cierto. Lo ultimo que hubiera pensado aquella noche era que no volvería a ver el Sol y con él, todo lo que me importaba.

 

Se supone que debes recordar claramente todo lo que hiciste el día de tu muerte, pues bien, yo no me acuerdo.

Fue un día normal, como tantos otros, excepto por la ardiente y esperada declaración de amor que me interceptó en un pasillo del instituto, pero que ahora no son mas que palabras vacías.

 

Era viernes, ese día sagrado para todos nosotros, el comienzo del fin de semana. Aquella noche cené fuera con mis amigos y pasamos el rato recordando los cotilleos y rumores que habían llegado a nuestros oídos a lo largo del día. Llegó la hora de volver. Llamé a casa para decir que llegaría pronto que iban a acompañarme. Lo hicieron sí, pero a tres calles de mi casa seguí sola ¿qué me podría pasar?

 

Todo estaba oscuro. Había luna pero no era más que una hermosa sonrisa en el cielo. La calle estaba desierta, no había nadie a la vista. Yo iba feliz, había sido un día bastante emocionante. Repasaba mentalmente la expresión de la cara de Javi al decirme lo que sentía cuando escuché un sonido de pasos a mi espalda. Disimuladamente empecé a anda más deprisa. Un acto reflejo al que recurrimos para no admitir nuestro miedo al ser perseguidos de noche.

Los pasos sonaron más deprisa como un eco de los míos. No corrí. Eso ni pensarlo. ¿Mirar atrás? Eso si que no. Fingir que todo iba bien, que todo lo que tenía era prisa, no nerviosismo ni miedo. Pero entonces, algo cambió. Una de las farolas de la calle se fundió de repente, lo que me provocó un sobresalto que me hizo mirar a mi espalda. Ese fue mi error. Una sombra venia hacia mí, y muy rápido. El miedo afloró a la superficie, un sexto sentido me impulso a correr. Pero ya era tarde. Me atrapó. Después llegó el dolor.

Un cuchillo asomaba por mi pecho. Me había perforado un pulmón, creo. Dolía mucho. Sentía mi cuerpo a punto de explotar. Quería gritar, pero la voz no me salía. Aire. Necesitaba aire. Una lágrima solitaria resbaló por mi mejilla al ver esos ojos sonrientes brillar en la oscuridad. Él disfrutaba. Gozaba de verme sufrir.

El mundo se volvía negro por momentos. Empecé a ver cosas. Mi mundo y la realidad se estaban mezclando.

Mis hermanas y yo bailando en casa. El cuchillo. A mis padres arreglándose para salir. La sangre en mis dedos. A mi amiga pasándome una nota en clase. La calle vacía.

Javi diciendo que me quería. El hombre blandiendo el cuchillo una vez más. A mis amigos conteniendo la risa en la biblioteca. La sombra de nuevo sobre mí. A mi hermana pequeña manchada de chocolate. Su mano manchada con mi sangre. Mi madre diciéndome que regresara pronto a casa. Más dolor.

Me veía a mí misma, sola, sin posibilidad alguna de pedir ayuda y con el único deseo de decir a mi familia, a mis amigos cuanto los quería.

El poco aire que había podido reunir salió de mi pecho junto con mi deseo. Mi corazón dejó de latir.

Y entonces morí.

Él se alejó y me dejó allí tirada llevándose consigo el cuchillo. Yo ya no tenía frío, no tenia miedo. Ya no sentía.

 

Los meses, los años han pasado desde aquel fatídico día. Me alegra decir que he superado mi muerte y que vivo en paz.

No estoy en el cielo como cree mi hermana. Aún sigo aquí. No como espíritu sino como un recuerdo.

Estoy en la vida de todos aquellos con los que compartí mi tiempo. En los recuerdos de aquellos que me dedican un pensamiento de vez en cuando.

 

Nunca encontraron a mi asesino. Podría decirse que mi vida le cobró un precio. El poco tiempo que pasó desde mi muerte hasta la suya lo perdió con alcohol y drogas los cuales lo mataron. Me alivia que por lo menos no matara a nadie más.

 

El mundo sigue girando y la vida a mi alrededor ha continuado. A unos les va bien y a otros peor, pero son felices y viven sus vidas, que después de todo, es lo que todos queremos y que algunos consiguen.

 

Yo, al fin y al cabo, solo tenia algunos sueños, anhelos y esperanzas que en una noche oscura, la mala suerte se encargó de arrebartame.

No tengo rencor, tampoco siento furia. Solo soy una mera observadora, solo formo parte de un público que mira una larga obra de teatro en la que una vez, hace tiempo, interpreté un pequeño papel secundario.