
Amanecer
Por Enrique Soler Santos de 1º Bachillerato D
La luna brilla sobre la ciudad silenciosa, y la luz se filtra por la ventana, iluminando la habitación. Hace poco que mi madre ha cerrado la puerta, tras dejar en mi mesita el vaso de agua y las pastillas, como todas las noches. Sé que está triste, triste por mí, por no poder ayudarme. Cree que estoy dormido, pero estoy despierto, como todas las noches, y como todas las noches la veo llorar. Luego ella se va, a llorar sola y en silencio, y yo me quedo aquí, con la luna que me acompaña. Otra noche.
¿Cuánto llevo aquí? Parece más de un siglo, y no hace ni siquiera un año. Un año sin correr, sin gritar, sin bailar. Sin sentir. Un año sin levantarme de esta silla, preso en esta cárcel con ruedas. ¿Y qué me queda? ¿Seguir aquí toda la vida, inmóvil, muriéndome sentado poco a poco? ¿Cuánto tiempo aguantaré, despertándome un día, y otro, y otro, para vivir siempre lo mismo? Lo daría todo por volver a vivir, aunque fuera una semana, un solo día, una noche. Si pudiera volver a aquella noche…
Estaba de vacaciones en la casa de mis tíos en la playa. Mi primo Marcelo y yo habíamos planeado escaparnos a medianoche, sacar el velero de mi tío al mar y navegar toda la noche. Lo traeríamos de vuelta al amanecer y nadie se daría cuenta. La idea había sido de Marcelo. Marcelo siempre era el más valiente todos, aunque era menor que yo. Por eso había decidido acompañarlo. Pensaba ser yo el que sacara el barco del muelle, y le demostraría quién era el más valiente.
El viento, salado y húmedo, me golpeaba la cara con fuerza. El murmullo de las olas se había convertido en un rugido. El mar estaba muy agitado aquella noche. A lo lejos, en el muelle, el velero parecía una frágil cáscara de nuez, escorándose peligrosamente ante las olas. Me iba quedando atrás. Quería parar el tiempo, volver a casa y meterme en la cama, escuchar el temporal que se acercaba protegido bajo las sábanas. El tiempo pasaba, los segundos iban cayendo, dejando al descubierto la realidad. No sé pilotar.
Marcelo estaba ya subiendo al barco. Me miraba expectante. Tenía que demostrarle, demostrarme a mí mismo que era más valiente que él. Las olas rompían cada vez más fuertes contra el barco. Los crujidos de las velas parecían lamentos de agonía. El mar es peligroso, lo escuchaba en mi cabeza, es traicionero, lo decía mi tío muy serio mirándome a los ojos. Y quién era capaz de dudarlo, escuchándolo bramar, negro y amenazador, inmenso. Estaba esperando, esperaba que nos alejáramos de la costa para liberar toda su furia. El tiempo pasaba. Marcelo me llamaba desde el muelle. El viento parecía querer arrancar el mástil. Quería despertarme en casa, salir de aquí.
De pronto sentí el frío, que me subía desde los pies hasta la espalda, que paralizaba mis piernas. Parecía que me clavaban mil cuchillos hasta los huesos. No podía respirar, no podía moverme. Marcelo se acercaba corriendo. No podía tenerme de pie, me caía. El mar se había callado de pronto, no oía nada. Marcelo me zarandeaba con fuerza. Cerré los ojos. Quería dormir…
Ésa fue la primera crisis. Durante meses no pude moverme, y los médicos no sabían qué hacer. Algunos no confiaban en que volviera a andar, y estuve a punto de hundirme en la desesperación. Pero con el tiempo me recuperé, y pude andar de nuevo. Empecé a tener esperanzas, a creer que me recuperaría por completo.
Volví al instituto. Hice nuevos amigos, conocí gente nueva. Pero una persona absorbía toda mi atención. Se llamaba Laura, y era la chica más guapa que había visto nunca. Pasaba el día buscándola por los pasillos, cruzándome con ella como por casualidad, sin esperar que ella reparase en mí. Imaginaba que algún día me atrevería a hablarle, que le diría todo lo que sentía por ella. En mis sueños nos veía a los dos juntos, paseando por la playa cogidos de la mano, mientras se ponía el sol en el horizonte. Pero despertaba, y ella estaba lejos de mí, inaccesible como una diosa.
Por eso no podía creer que hubiera empezado a sonreírme. Incluso la veía más a menudo, como si ella también me buscara a mí. Fueron los momentos más felices de mi vida, creer que ella me buscaba, que sentía lo mismo que yo. Mi imaginación volaba lejos, pero algo me decía que ella no podía ser mía, que yo no era bastante para ella.
La primera vez que hablamos volví a casa sobre una nube. Ella había venido a mí, había dado el primer paso. Seguro que sabía lo que yo sentía, que ella era todo para mí, que no habría podido seguir viviendo sin ella. No le importaba que no fuera digno de ella, había venido a mí, me había elegido.
Habíamos quedado esa misma tarde. Tenía que prepararme. ¿Qué le diría cuando estuviéramos los dos solos? No sería capaz de hablarle, no me saldrían las palabras, me quedaría embobado, mirándola, como me pasaba tantas veces. ¿Y si había decidido no ir? ¿Y si era todo una broma? Esta idea irrumpió en mi cabeza destruyendo toda la felicidad. Todo era mentira, ella no me quería, iba a reírse de mí, todos se reirían de mí. ¿Qué hacer? ¿Y si ella no estaba allí cuando llegara? El tiempo pasaba rápido. ¿Podía dejar pasar la oportunidad? ¿Y si era verdad?
De pronto sentí el mismo dolor, el mismo frío que casi había olvidado, la inmovilidad. Si se repite la crisis no volverá a andar, habían dicho los médicos. Pero no me importaba. Antes de perder el conocimiento pensé en la oportunidad perdida para siempre, y me di cuenta de que además de la angustia, de la desesperación, de la tristeza por lo que ya no ocurriría nunca, sentía algo más. Sentía alivio.
Alivio, pienso ahora. Alivio por no tener que decidir, por no tener que enfrentarme a los problemas. Durante toda mi vida he pretendido huir de las responsabilidades, de las decisiones. ¿Es eso lo que quería realmente? ¿Y si ella me quería? ¿Realmente me quería? Nunca lo sabré. Elegí ese camino, el de la seguridad, la protección. Elegí quedarme bajo las sábanas y escuchar el viento fuera, en lugar de gobernar el barco en la tempestad. Pero nunca sabré qué hay más allá, que espera después, cuando brilla el sol y se calman las olas. Es eso lo que me ha traído aquí, a esta silla, a esta espera constante y estéril en la que vivo.
La luna se va, la única compañera que he tenido durante este largo año. Me deja solo de nuevo, otro día, otro acto de la eterna tragedia que es mi castigo. Pero quizá haya una salida. Quizá pueda escapar, romper el ciclo, vivir, vivir todo lo que no viví antes.
El cielo empieza a clarear tras la ventana. Será una mañana radiante, la primera mañana del verano. Quiero llenarme de aire frío, sentir el viento en la cara. Pero es difícil abrir la ventana desde esta silla, debo levantarme. Consigo abrirla y el frío de la mañana entra en la habitación. Escucho pájaros cantando, y la ciudad que empieza a despertarse. Qué alto está esto, ya no me acordaba. Abajo las hormigas se enfrentan a sus pequeños problemas, van a la oficina, al banco, a la fábrica. Pero lejos de aquí, Marcelo estará en la playa, bajo el sol, preparando las velas para salir esta tarde al mar. Quizá pueda acompañarle, sacaremos el barco juntos, lo gobernaremos en la tormenta. Si, eso haré. Le explicaré todo y me perdonará. Él me enseñará a pilotar, seguro que ha aprendido, siempre fue el más valiente. Y Laura también vendrá, sabe que no pude ir aquel día, pero me está esperando, me quería de verdad, me sigue queriendo como yo a ella. No puedo despedirme de mi madre. Pero ella lo entenderá, sabe que la quiero, y que estoy en el mar, con Marcelo y Laura, en las islas que hay tras la tormenta, donde brilla el sol y el mar está en calma.
Tengo miedo, pero debo hacerlo. Debo tomar la decisión. Mis pies cuelgan en el vacío. El aire los mueve. Es la brisa del mar, que viene a por mí, a llevarme con ellos. La luna ya se ha ido, cuando vuelva se preguntará donde estoy, pero seguro que también hay luna allí, la que brillaba aquella noche en la playa. A ella también le explicaré todo. Ha llegado la hora. Salto.
El sol brilla alto en el cielo, tendremos un día estupendo. Quizá Marcelo me enseñe a pescar, me lo prometió hace tiempo. Laura está en la proa, el viento juega con sus cabellos, los hace moverse al ritmo de una música desconocida, la que escuchan las olas y las palmeras. Me acerco a ella por detrás, la abrazo como en aquella película antigua. Ella se da la vuelta. Me sonríe, sabe que la amo, que en realidad nunca dudé de ella. Pero eso ya no importa, el pasado está lejos, se ha perdido con las pastillas y la silla de ruedas. La beso, y ella me abraza. Siento su cuerpo vibrar, siento mi propio cuerpo, siento el sol, el viento en la cara, la espuma del mar sobre la piel. Estoy vivo. Soy libre.