XXIX CONCURSO DE EXPERIENCIAS EDUCATIVAS. PREMIOS SANTILLANA 2007.
LA CREACIÓN ARTÍSTICA EN EL ENTORNO EDUCATIVO DE LA FORMACIÓN PROFESIONAL: UN VIAJE FOTOGRÁFICO.
SEVILLA POR UN AGUJERO.

Antonio Granero Gutiérrez
I.E.S Néstor Almendros.
Rotonda Néstor Almendros s/n.
41940 TOMARES. Sevilla.
Llevo 17 años como docente en la Formación Profesional, en la familia de Comunicación, Imagen y Sonido en el instituto insignia andaluz, el I.E.S Néstor Almendros de Tomares, Sevilla, y siempre he tenido la sensación de que, la Formación Profesional, amén de ser Cenicienta del sistema educativo (y demás clichés o apreciaciones socio-económicas-educativas y todos los guiones que queramos añadir), descuida un territorio interesante, abonado y fértil como es el de la creación artística, la expresión individual, probablemente porque no encaje en el proceso productivo-formativo que pretende labrar profesionales cualificados, en mi caso como ayudantes de realización, cámaras de televisión, productores de espectáculos o técnicos en retoque fotográfico digital. Así, la búsqueda de perfiles adecuados a la demanda del mercado se enfrenta con una idea vaga como es la Creación, el Arte, que navega por otros mares, en barcos de vela o de vapor; inspiración a barlovento, conocimiento a sotavento, el Individuo en las jarcias: otro espacio, otro tiempo y tempo. No ha lugar aparentemente para la lírica: ¿malos tiempos?
En esta especie de “utopía educativa romántica” (¿búsqueda de procesos creativos en el ámbito de la formación profesional?) coincidimos hace unos años un grupo de compañeros, por aquel entonces amigos, y como Grupo de Trabajo nos organizamos alrededor de esta premisa, indagando en fórmulas de actuación que intentasen no confrontar y sí complementar, sistema educativo con actividad artística pues entendíamos, y entendemos hoy también, que la expresión individual es valor añadido en la formación profesional; ¿Qué hacer?
Nuestra familia profesional podía y debía permitirse esta pregunta, a otra escala que la propuesta por Vladímir Ilich Uliánov (no estaba en nuestras acaloradas conversaciones la propuesta de cambio revolucionario bolchevique ni nada por el estilo, faltaría más). Comunicación, imagen y sonido estaba y está, puede y debe moverse en la expresión artística: los alumnos y alumnas graban programas, escriben guiones, participan en exposiciones fotográficas, en cortometrajes, en grupos musicales, etc. por lo que puedo asegurar que trabajo en un centro que genera “inquietud artística”, que se presta a experimentos de esta índole con ciertas garantías de éxito; un caldo de cultivo interesante para nuestro trabajo, para la propuesta creativa, más allá de los límites que proponen los corsés sistemáticos orientados a la formación profesional: esenciales, estrictos, productivos.
La creación artística con un soporte tecnológico original. Punto de partida.
Estábamos a finales de los noventa, a punto de entrar en el siglo XXI, y vivíamos como docentes instalados en el vértigo digital; una más que probable “espiral del terror” para profesionales de la enseñanza de un terreno movedizo, en constante movimiento, tremendamente exigente, como es la Imagen, el Sonido y la Comunicación: Internet, softwares específicos, digitalización radical de los equipos y muchos más elementos novedosos, para unos docentes con formación lentamente actualizada, en cualquiera de los campos señalados, lo que nos mantenía en parálisis permanente , en estado de “shock tecnológico”.
¿Un impulso centrípeto, autocomplaciente?; ¿el docente confuso que se refugia en el hecho artístico como válvula de escape a sistema educativo, padres y alumnos, para mantener en alto la bandera de…qué?
Era evidente que nos encontrábamos superados por esta realidad, pero nuestro empeño, en el agobio, discurría por otros cauces radicalmente opuestos. Queríamos proponer creación artística a través de una herramienta tecnológica que pretendía ser una “vuelta a las fuentes”, como neoclásicos, o “la sorpresa del conocimiento” como aventureros que emprenden la búsqueda de territorios existentes aún inexplorados. Y nuestras raíces eran fotográficas: imagen fija, blanco y negro, química en laboratorio, luz roja. Era un reconocimiento de nuestro conocimiento vital. La tecnología punta no nos servía, no nos sumábamos al carro digital para desarrollar conceptos tradicionales como ángulo de visión, profundidad de campo o la idea de toma fotográfica. Emprendíamos un camino de regreso hacia modos del pasado remoto: daguerrotipos, calotipos; el colodión o los virados sepias, selenios. La vetusta cámara, los procesos químicos casi alquímicos. Planteábamos otro viaje, un viaje, “el viaje”. Como Amundsen o el increíble Shackleton, nos dispusimos a emprender una aventura fascinante en busca de nuestro original y peculiar Polo Sur magnético. Sevilla.
Y así nació Sevilla por un agujero. Nuestra propuesta era la siguiente: había que articular un grupo de trabajo de alumnas y alumnos, profesoras y profesores, que fuera del horario escolar, pero utilizando la infraestructura del Centro (siempre estaremos agradecidos), creara cámaras fotográficas para luego realizar tomas en la ciudad, todos a la vez y en una única jornada, para montar una exposición y editar un catálogo fotográfico como final de trayecto. Y todo a partir de la idea de fotografía pobre, de fotografía estenopeica. ¿De qué estamos y estábamos hablando?
Para entender la magnitud de la propuesta y no quedarse como el Pasmo de Triana, conviene aclarar que una cámara fotográfica es básicamente una caja cerrada o estanca a la luz, a la que se le hace un pequeño orificio por donde permitimos el paso de los rayos luminosos y frente al cual (siempre dentro de la caja, claro) se sitúa un material fotosensible (película, papel fotográfico, etc.) para captar la imagen que luego, tras un proceso químico, contemplamos como una fotografía. El desarrollo tecnológico ha permitido que la caja sea metálica, de aleaciones ultraligeras, perfectamente hermética; que el orificio pase a llamarse objetivo y permita la utilización de sofisticadas lentes; que el material fotosensible se convierta en píxeles, en imagen virtual. Pero la esencia siempre es la misma. Si echamos la vista atrás, de esto nos hablaban ya Aristóteles, Averroes o el mismísimo Leonardo da Vinci, al referirse a la cámara oscura, caja negra o caja mágica. Cajas negras o enormes cámaras oscuras nos encontramos hoy como reclamo turístico en Edimburgo (la Royal Mile) o, si no podemos tomar un vuelo barato, en la misma ciudad de Cádiz tenemos una fascinante cámara (Torre Tavira), “servesita y tapa” por mucho menos. Es, por lo tanto, accesible el poder fabricar una cámara fotográfica rudimentaria o básica, de cartón mismo, si dominamos o cumplimos reglas fundamentales como la estanqueidad, el agujero (estenopo) en función de determinadas distancias y…bueno, si están interesadas o interesados ya quedamos y se lo cuento con entusiasmo febril y desmedido. Y si es en Cádiz, mucho mejor.
Así es que nos juntamos a finales del siglo XX, aproximadamente 40 personas, entre alumnos y profesores, para explicar nuestra aventura y en qué consistía esto de la fotografía estenopeica para ponernos manos a la obra. Por las tardes, martes y jueves al principio y durante un mes, tomamos al asalto un par de aulas del Instituto que se convirtieron en las añoradas aulas de pretecnología (aún no sé decirlo bien) de toda la vida: cajas de cartón, mucha cartulina negra para forrar las cajas e impedir el paso de luz, pegamento, tijeras, lápices para marcar cortes…cada uno se fabricó su cámara, con formatos y tamaños inusuales: tambores de jabón de lavadora, cajas de zapatos, “cartones” de tabaco; cajas planas, estrechas, profundas, anchas; todas ellas hermosas cámaras fotográficas, negras, brillantes. Ya con la caja preparada, había que instalar los estenopos, o pequeños agujerillos por donde entraba la luz que formaba nuestra imagen estenopeica. Un orificio que se hace con una aguja de coser, por lo que las mercerías de la zona hicieron su particular agosto. A partir de aquí, pruebas en la calle para afinar, para que cada caja funcionase efectivamente como una cámara fotográfica.

Claro que la fotografía estenopeica es “trabajos manuales”, sí, pero plantea conceptos muy interesantes para cualquier fotógrafo. Los formatos de imagen no son los convencionales, las imágenes que se forman a través de un estenopo, que carece de óptica, no tienen unos límites nítidos. Los tiempos de exposición, al tratarse de agujeros milimétricos, superan los segundos, por lo que sólo permanece lo estático (otra idea del tiempo) y el movimiento es secuela, desaparece.
Estas ideas las transmitíamos en el tiempo de fabricación, para que el grupo fuera consciente de las hermosas limitaciones estenopeicas, de lo que se podría fotografiar con sus cajas: orientar la búsqueda personal, la expresión artística. Dominar la técnica, la herramienta, para expresar con libertad.
Una vez construidas las cajas y probadas, había que preparar la toma. Una toma de un día, de sol a sol, para un grupo de cuarenta, viajando por Sevilla. Fascinante viaje del exterior al interior, de la ciudad al individuo.
Aquí comienzan los problemas. Claro, en cada caja únicamente cabe un papel fotográfico (porque lo que se pone como soporte no es película, el “carrete” de toda la vida, sino papel fotográfico, que más o menos tiene la misma composición que la película, y que se vende (ya cada vez menos debido al impacto digital), en múltiples tamaños, desde el 9x15 cm. estándar, a 30x40, 60x60 y lo que guste el personal. Se toma una fotografía y….hay que abrir la caja en un “cuarto oscuro” (de esos que se ven en las películas que tienen luz roja), retirar el papel impresionado y volver a poner otro papel virgen para realizar otra toma y así hasta que la muerte nos separe: ¡Demasiado esfuerzo para poder realizar sólo una foto!
Tenía que entrar en acción la producción, la logística. Si nuestra idea era la de hacer Sevilla por un agujero, o Sevilla en cajas de cartón, 40 personas en un día, teníamos que intentar aprovechar al máximo este despliegue. Y se nos ocurrió montar un laboratorio móvil, un lugar que nos permitiera la carga y descarga de imágenes sin tener que volver al Instituto. Alquilamos para este menester durante dos días una furgoneta capitoné (de esas que permiten estar de pie en el interior) y preparamos el vehículo, haciéndolo estanco a la luz, de manera que, en grupos pequeños, pudiésemos entrar en la furgoneta, cerrar perfectamente, encender la famosa luz roja, y cargar y descargar de papel nuestras cajas, papel impresionado guardado, papel virgen cargado, para optimizar nuestro trabajo al máximo.
Con un laboratorio móvil en condiciones, sólo nos quedaba el grupo. Un grupo que partió de la nada, en su inmensa mayoría ignorante del tema, pero que a medida que iba construyendo cámaras y viendo resultados pasó de la curiosidad a la pasión desmedida. Un grupo que había que tratar en condiciones, con cariño. Por ello y para ellos, también buscamos la eficacia y comodidad y alquilamos los servicios de un autobús para recorrer la ciudad y parar en puntos estratégicos previamente negociados con el Ayuntamiento para hacer fotografías, para charlar entre toma y toma, para tomar un refrigerio, discutir y en definitiva, conocer.
Así, la experiencia Sevilla por un agujero no pasó desapercibida en la ciudad. Parábamos cerca de la Giralda, por poner un ejemplo, todo un autobús cargado con más de 40 personas con sus respectivas cajas negras de cartón, de múltiples tamaños, seguidos por una más que sospechosa furgoneta precintada, cerrada a cal y canto, ¡luces rojas en el interior!, por donde entraban y salían cada cierto tiempo grupillos de personas felices y contentas con extrañas e inquietantes estructuras opacas. Unas cajas que depositaban en el suelo, sobre una papelera o colgadas de una señal de tráfico, para luego, al rato, volver a meter “esos inquietantes artilugios” de nuevo en esa furgoneta y marchar: ¿qué tienen ahí?, ¿fotografías?, ¿no será una bomba? Fuimos evidentemente preguntados y asaltados por todo tipo de personal curioso. También tuvimos que explicar el asunto a la Policía local, nacional y cuerpos de la seguridad del Estado. No tengo muy claro que lo entendieran. Bastó el permiso oficial, eso sí.
En una jornada muy soleada recorrimos Sevilla: la Giralda y la Plaza del Ayuntamiento, la calle de las Sierpes y La Campana, El barrio de Santa Cruz. El puente de Triana, el río Guadalquivir, la Cartuja de la Expo´92. El Cementerio de San Fernando, el Parque de María Luisa, La Plaza de Toros de la Maestranza…una jornada intensísima que terminó con la puesta de sol y que dejó más de 200 imágenes para el recuerdo, amén de una convivencia irrepetible, todos alumnos, todos profesores.
Después vino el trabajo sordo y oscuro de selección del material, positivado, ampliación y enmarcación para poder exponer, casi un año después, una Antológica en el Centro Cívico de Las Sirenas, en la Alameda (núcleo artístico sevillano), y finalmente, la guinda fue que gran parte de la obra se expuso en el Centro Andaluz de la Fotografía de Almería y se publicó un catálogo (I.S.B.N: 84-8266-443-3), bajo el título de Por un agujero, personalizado en la figura de Luis Vida González, que fue el verdadero impulsor de este acontecimiento al que se sumaron tanto la Dirección del Centro, como los Centros de Formación del Profesorado de Sevilla y Castilleja de la Cuesta con su dinero y su orientación. También buscamos subvenciones en La Caja de Ahorros de Huelva y Sevilla y varias imprentas y librerías que nos facilitaron la labor de promoción y publicidad, tanto del día de la toma como de la posterior exposición.
Fue una labor que con el paso del tiempo hemos ido enriqueciendo. En el I.E.S Néstor Almendros, la experiencia educativa que supuso Sevilla por un agujero ha abierto un camino que aún perdura. Desde 1999, fecha del evento, hemos seguido realizando cursos de formación del profesorado específicos de cámara estenopeica y, ahora mismo, estamos involucrados en un Proyecto de Innovación Educativa que profundiza en la relación entre toma estenopeica y procesos de digitalización de imagen, donde partimos de fotografías “pobres” para, una vez manipuladas con tratamiento digital, presentar un duratrans en grandes dimensiones en una “caja de luz”.
La experiencia Sevilla por una agujero la recuerdo gratamente, fue muy potente, y quiero que no quede en el olvido, por lo que la presento y comparto con el XXIX Concurso de Experiencias Educativas, Premios Santillana 2007, con el convencimiento de haber protagonizado una actividad y una acción educativa única en su género, seguro de haber conseguido aunar expresión artística y ámbito educativo y de haber abierto camino, senda expresiva; por lo tanto, de haber llegado a tiempo para plantar la bandera de la creación en nuestro particular Polo Sur Magnético.
Tomares, 12 de marzo de 2007.
Antonio Granero Gutiérrez
I.E.S Néstor Almendros.
Rotonda Néstor Almendros s/n.
41940 TOMARES. Sevilla.