De la prosa a la poesía

 

Una visión de las III Jornadas

 

 

Por Catalina León Benítez

 

 

                   A un lado sólo estaban los libros. Aparecían perfectamente alineados en su nueva estantería, derechos, limpios y usados. Como tienen que estar los libros que son leídos, no aquellos que se compran por metros para adornar los salones de las casas. No aquellos que, según contaba mi catedrático de Música, D. Enrique Sánchez Pedrote, ocupaban majestuosos las estanterías de la casa de una familia burguesa, plagados de autógrafos en los que sobresalía uno: “Con cariño de Homero”.

 

 

       Alrededor de la mesa redonda (la table ronde de Arturo y sus caballeros...y damas, diría Eliacer), están los profesores: noveles, experimentados, cansados, curiosos, diversos, críticos, irónicos, amigables... (Pienso en Machado: Una tarde, parda y fría de invierno/ los colegiales estudian/ monotonía de lluvia tras los cristales...) Ellos tres, Antonio, Eliacer y José van a transitar con todos nosotros de la prosa a la poesía: de la inevitable parada en la obligación (ay, el currículum, en tu nombre se dicen tantas cosas...) al puerto seguro de la devoción (esa gota de poesía que nos recuerda lo que fuimos).

                  

                   Algunos momentos tenían una huella común: el descubrimiento de Juan Ramón (Platero es pequeño, peludo y suave...), el hallazgo de un cuentista que anda por ahí (Gustavo Martín Garzo), y la revelación como resumen de ese momento en el cual, sin saber cómo, la palabra te gana y ya nunca, nunca, podrás salir de su estrecho círculo. 

                                                                       

 

         Convertirse en lector es para siempre. No es como esos amores de verano que se desvanecen cuando el viento borra las dunas. No es como los afectos nacidos al calor de la desdicha o de las horas bajas. No es como el breve encuentro en las antesalas de los aeropuertos, cuando, tras el periódico, atisbamos alguna cara amable, en medio de la fatiga y de la espera. Tampoco es la fascinación de lo desconocido, de lo prohibido o de lo extraño...

                                                                                                                          

                   La lectura te gana para siempre y ya no podrás recordar cómo eras antes de los libros. En tu cabeza irás almacenando los nombres de quiénes, antes de conocerlos, presentías: Elizabeth Bennet, Hercules Poirot, Enma Bovary, Alonso Quijano, Ana Ozores, Constance Chatterley, Fitzwilliam Darcy, Melibea, Julieta, Beatriz, Hamlet, Macbet.

 

                            Y las frases. Llegarán a ti frases de todo tipo, engarzadas, libres, unidas, imprevistas, frases que tendrán respuestas para casi todo: Qué tengo yo que mi amistad procuras; Con diez cañones por banda; Hoy estoy sin saber, yo no sé cómo; Esta mañana, amor, tenemos veinte años; En la cuna del hambre, mi niño estaba; Poesía...eres tú.        

                                                      

                                                                                                                          

 

                       Los libros estaban en la gran mesa circular y azul, alrededor de la cual los profesores anotaban pequeños detalles en papeles blancos, o movían los programas a modo de abanico, o dejaban caer los brazos hacia delante cuando algo, un pequeño detalle teatral, una confidencia, una historia susurrada, llamaba su atención. Los libros estaban ahí y decían: estáis hablando de nosotros.

 

                               Eran libros pequeños, amarillos, rayados, libres, con las hojas pegadas (como esos de matemáticas de mi viejo instituto, cuyas hojas jamás se separaban, porque nunca se usaban y los números sólo tenían presencia en la pizarra). Eran libros abstractos, imposibles, pero el estar ahí nos acercaba a otras tardes con libros y con lluvia, con viento sur, quizá, con la música tenue de la radio.  Libros como aquellos que alguien, en aquella mudanza, colocó por colores y por formas, nada menos que veinticinco cajas.

 

                                                                         

 

                   Algunas veces el aire, cálido, frío, cambiante, se paraba. Algo de lo oído nos removía por dentro, nos recordaba rostros, otros tiempos, momentos de placer o de ternura, algo que recordar, algo que nos traía los años de la risa y la presencia vista de personas que el paso de los cursos escolares (esa forma tan nuestra de contar) había dejado atrás, ya sin remedio.

 

                   Otras veces había miradas cómplices: alguien pensaba algo y allí buscaba el consenso de la media sonrisa, también lo piensa él, dices, entonces. Se ha dado cuenta, lo ha comprendido todo. Traían a mi memoria el recuerdo del viejo de Mairena, que cerraba los ojos en un susurro, después de que Mercé subiera al cielo la seguiriya de Tomás: esto es mu grande, mu grande...

                                                                                                               

 

                   Así transcurre el tiempo hasta el debate: llega la discusión, todos alerta, se nota que somos muy distintos, que tenemos diferentes ideas, que venimos de lugares distantes, que vamos a sitios en los que nunca, quizá, coincidiremos. El debate separa la magia de los libros, abre una raya vertical en la sala, trocea la tarde, la divide en espacios, nos vuelve a separar. Por un momento, antes, hemos estado juntos; las palabras nos han reconciliado, su eco era el de todos, todos éramos juntos las palabras que vemos en los libros y que luego pasan a ser nuestro vocabulario.

 

                          No importa. La sala azul guardará la memoria de estas horas. Así que todos, aunque al final contemos cosas tan diferentes, tendremos una gota, una tan sólo, de coincidencia en medio de las dudas:

 

                   Los libros me salvaron en las horas de frío.