
<<¿Qué es esto? Esta no es mi ciudad. No la reconozco. ¿Dónde estoy? ¿No será un sueño? Es que todo es tan extraño...>>.
Fue hacia lo que parecía la puerta del cuarto de baño y se mojó la cara para comprobar si aquello era un sueño o era real. Desafortunadamente para Bianca, aquello era real. Se miró en el espejo con el rimel corrido y las ojeras colgando con un color azulado. Tenía el pelo completamente enmarañado y no llevaba su ropa puesta; al menos así parecía esclarecérsele la mente. Ya empezaba a tener vagos recuerdos de la noche anterior... ¿Pero qué había hecho Bianca el viernes?
Ayer viernes, Bianca se despertó temprano para ir a trabajar. Pero se sentía extraña. Como si no fuera ella misma.
Todos los días se levantaba a la misma hora e iba en su precioso coche azul a aquel trabajo que era una cárcel. Todos los días trabajaba frente a un escritorio, encerrada entre esas cuatro paredes amarillas y una puerta de cristal claro que no le daba ninguna intimidad en la oficina.
Y además ayer, que era viernes y precisamente debía terminar pronto, resultó que salió más tarde que nunca.
Cuando terminó de trabajar, Bianca no tenía ganas de ir a casa. Vagabundeó frente al volante por las calles de Sevilla y se metió por callejuelas en las que los bares de copas abundaban. Estuvo largas horas dando vueltas sin escoger un lugar concreto. la noche era intensa y cada vez se hacía más larga.
Finalmente aparcó en doble fila frente la puerta de un bar escocés. Bianca entró. El sitio estaba hasta los topes de gente tan diferente... . Algunos la miraron. Nadie se acercó a ella. Se sentó en un taburete de la barra y pidió un güisqui seco. Bianca pensaba con la mirada perdida en la bebida:
<<¿Qué estoy haciendo aquí; mírate, Bianca, en un barete de pocos amigos a las dos de la madrugada... Este no es tu estilo... pero es que estoy tan cansada de seguir siempre la misma rutina... Todos los días. Te despiertas temprano, cuando el sol aún no ha salido. Te duchas y te arreglas. Te vistes con una falda corta negra y unas medias de lycra. La camisa blanca, la chaqueta. Bajas en el ascensor desde un cuarto piso. Subes a tu coche nuevo, metes la llave de contacto y llegas a una oficina que no es más grande que tu dormitorio. Cierras la puerta y comienzas a escribir cartas de recomendación, artículos que publicar en algún periódico o te dedicas a tontear y a insultar a tu jefe porque es un gilipollas... Esta no es la vida que yo quería...>>
Las horas pasaban lentamente en el bar. O tal vez, eran sólo los minutos que se hacían tan largos que parecían horas. Bianca llevaba veinte minutos en aquel sitio, y ya se había bebido dos vasos de licor y un güisqui. Lo que tenía entre las manos ahora era un licor mucho más suave que los anteriores. Era muy tarde y en el bar lo habían empezado a desalojar hacía diez minutos. Ya casi no había nadie. Pero Bianca no se había dado cuenta de que estaba sola en la barra. El camarero ni siquiera le hacía compañía.
<<Todo esto es ridículo. Yo no debería seguir aquí. Pero estoy. Y no quiero marcharme tampoco. ¿Cuántas copas he bebido? He perdido la cuenta. ¿Estoy sola? No oigo a la gente hablar. No levantes la cabeza, Bianca. No quieras encontrarte con malas sorpresas. Y sin embargo... esta imagen está muy vista ya por la gente. Sale mucho en las películas americanas. Yo soy la chica deprimida que ha ido a parar a un sitio poco recomendado por los amigos. Yo soy la que ha bebido más de lo que estoy acostumbrada a beber los fines de semana. Pero en este ambiente tranquilo, justo en este momento, es cuando debe aparecer ese hombre que parece arrojarte un salvavidas. Se sienta a tu lado. Te invita a una copa. Sonríe. Ni siquiera tiene que presentarse. Habláis de vuestras mutuas penas sin buscar un consuelo y al final de la noche acabamos juntos en una cama, en su casa o en la mía... ¿qué más dará eso?...>>
Bianca pensaba en esas escenas de cine que tanto le gustaban y escribía después en su oficina imaginando una historia breve con ella de protagonista siempre. Quería equivocarse esa vez. No tenía por qué ocurrir algo así... Eso sólo pasa en las películas... .Alguien se acerca a la barra, muy próximo a ella. Bianca sigue sin levantar la cabeza. A su izquierda ve por el rabillo del ojo a un hombre pidiendo una última copa. Oye su voz tranquila:
-Ricardo, ponme un licor de esos tan buenos que tienes, por favor.
El camarero no habla. Sólo obedece. Bianca sonríe.
-No tiene que invitarme a una copa. Ya estoy servida.
-No era para usted. Era para mí.
El hombre se ha acercado a Bianca y se ha sentado en un taburete. Bianca levanta la cabeza muy sorprendida y el hombre le dedica una bonita sonrisa mientras le deja caer un pequeño somnífero en la bebida. La distrae con una pequeña pero extraña conversación:
-No se burlé de mí.
-Disculpe. Sólo lo dije para verla sonreír.
-¿Por qué?
-Porque ya lleva mucho tiempo ahí sentada, sin moverse. Tan quieta como una estatua y muy triste. Había visto a mujeres deprimidas emborrachándose inútilmente como cualquier hombre perdedor y luego las he visto marcharse con el alma a rastras. Pero usted sigue aquí, tan seria...
-¿Sigue de bromas?, por favor, para sentirme como una estúpida ya tengo el alcohol...
-¡Pero no era mi intención hacerla sentir como estúpida!. –el hombre hizo una breve pausa y alargó la mano –Me llamo Abraham. ¿podría decirme su nombre, señorita?
-Bianca –contestó ella indiferente.
-Es interesante... ¿Puedo tutearla? –ella se encogió de hombros. Le daba igual.
-¿Es judío?
-No –sonrió el hombre
-Pero tiene nombre judío. Todos los judíos le ponen nombres judíos a sus hijos sin calibrar excepciones, así que debe serlo, o no quiere decírmelo.
-Es cierto. Pero no lo soy... en realidad ser judío forma parte de mi origen, pero me desentendí de ellos hace mucho tiempo.
-¿De quiénes, de sus orígenes o de los judíos?
-De los dos.
-Perdone, pero no le entiendo. ¿Es que se está burlando otra vez de mí?
-¡No!... Es solo... que me pareció interesante contárselo.
-¿Por qué me iba a interesar su vida? Con la mía ya tengo suficiente para echar lágrimas durante varios días.
Bianca volvió a agachar la cabeza. Sorbió de su vaso y permaneció muda y pensativa. El hombre la observaba en silencio y sonrió más para sí que para ella. Los efectos del somnífero tardarían aún un poco, así que bebió de su vaso y rompió hielo otra vez:
-¿Por qué dice que su vida es miserable?
-Yo no dije que lo fuera –contestó Bianca entristecida.
-Es cierto, no lo ha dicho. Solo lo piensa.
-Tampoco lo pensaba.
-¿Entonces por qué bebe? ¿No será una de esas alcohólicas que ha vuelto a caer en el abismo del que pretendía salir hace meses, verdad? –Bianca logró asomar una mueca en forma de sonrisa y contestó:
-No soy una de esas alcohólicas. Y lo que pensaba era que mi vida es demasiado aburrida para ser real.-hablaba lentamente mientras su compañero la escuchaba con atención –Yo quería ser actriz. Pero soy mecanógrafa. Estoy tan cansada y tan aburrida de la rutina... y algún día me gustaría poder escaparme de aquí y cometer alguna locura... ¿Lo ha querido usted alguna vez?
-¿El qué? ¿Cometer alguna locura? Ya lo hice. Lo hago todos los fines de semana.
-¿Y cómo se siente? –el hombre se encogió de hombros.
-Antes me sentía bien. Ahora lo hago porque sí.
-Porque sí... –repitió Bianca para sí.
-Si le soy franco, señorita Bianca, nunca imaginé que una mujer como usted pudiera ser una simple oficinista echando pestes a su jefe. Más bien, creí que era una de esas mujeres con dinero y con mucho lujo y que harta de lucir las joyas de su marido fue a parar a este sitio, por el que no volvería nunca más.
Bianca se volvió bruscamente hacia el hombre muy sorprendida, pero la confesión que acababa de oír no le impidió mostrar una clara sonrisa que terminó convirtiéndose en una risa limpia y dejando estupefactos a su compañero y al camarero, que escuchaba mientras limpiaba los últimos vasos sucios en el fregadero en silencio.
-Temo que se ha equivocado, señor Abraham. Por desgracia, sólo soy una pobre oficinista con un sueldo que da para lo justo en un viejo piso de los antiguos que hay en la ciudad. Lo siento si le he quitado las ilusiones de adolescente...
El hombre se aclaró la garganta y se sonrojó. Bebió el último sorbo de su vaso y se disculpó. Pasaron varios minutos antes de que se atreviera a decir alguna otra cosa:
-Antes dijo que algún día quería cometer una locura... Cométala, señorita Bianca.
-¿Pero qué dice? ¿Pues no ve que yo no soy de esas?... No me atrevería... –los efectos del somnífero ya eran claros. Bianca hacía un gran esfuerzo por mantenerse despierta y contestaba muy despacio.
-¿A qué le tiene miedo? Vamos, hágalo, aunque solo sea una vez. Yo estaré a su lado si quiere.
Hubo silencio. Bianca no se lo quería pensar dos veces. Cometer una locura. Una de esas que tanto veía cometer en las películas americanas; una de esas locuras que ella misma soñaba hacer como personaje principal de sus pequeños relatos propios. Los ojos se le cerraban. De pronto se levantó de la silla
-¡Vámonos! –por fin Abraham sonrió con ganas.
-¿En mi coche o en el suyo?
-Prefiero que sea el mío...

Bianca cayó desAriasada sobre los brazos de Abraham, que la levantó y la llevó en brazos hasta su coche. Es cierto, ella quería ir en el suyo... bueno, para él eso no suponía ningún problema. Ya vendría a recogerlo. Dejó un billete de diez euros sobre la barra y no esperó la vuelta. Cogió las llaves del coche del bolso de Bianca y se dispuso a recorrer un largo camino hasta Barcelona...
Bianca no recordaba esa parte de la historia. Ni siquiera sabía que había ocurrido así y que por ese motivo se hallaba en una ciudad que no era la suya. ¿Qué pasó?.
Las tripas le sonaban. Necesitaba comer algo y deambuló por la extraña casa hasta la cocina. Algo habría en la nevera. Café. Se lo preparó con la cafetera que vio sobre el hornillo. Galletas. Estarán en la alacena. Qué chico tan raro, pensó Bianca. No parecía como los demás que había conocido. Era muy ordenado, y además la casa olía a limpio. Hoy día era difícil encontrar un chico así... Miró de casualidad el reloj de la cocina y se sorprendió. Las agujas marcaban las siete en punto.
Cuando terminó de comer y de recoger las migas de las galletas volvió a la habitación para vestirse. Quería irse lo antes posible. Ya había hecho su sueño realidad. Ya había cometido una locura. Ya no era necesario seguir allí. Sin embargo, al entrar vio la cama vacía. Escuchó el agua del grifo del cuarto de baño y supuso que su compañero se había despertado. Éste abrió la puerta y la miró con una sonrisa.
-No imaginé encontrármela todavía aquí –llevaba una toalla cubriéndole de cintura para abajo
-¿Dónde estoy?
-En mi casa.
-Sí, eso ya lo supuse. Pero ¿dónde?
-No te entiendo, Bianca.
-La que no entiende nada soy yo, Abraham. Explíqueme, por favor. ¿Qué estoy haciendo aquí, qué sitio es éste. ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Es que acaso nos acostamos juntos?
-Puede que sí y puede que no... Eso depende
-¡No se burle más de mí!¡Dígame qué es esto! –se asomó a la ventana descorriendo la cortina bruscamente y dejando pasar la tenue luz del sol de la tarde, que ya empezaba a ocultarse tras los edificios más altos. -¡Por qué no reconozco mi ciudad? ¿Dónde está mi calle? ¿El piso antiguo del frente..., dónde está? ¿Y esos edificios tan altos? En Sevilla no hay edificios así...
-¿Por qué no se calma? –ella le miró aturdida-Anoche dijo que quería cometer una locura. Y lo hizo. Conmigo a su lado. Yo llevé su coche porque estaba dormida. Se cayó dormida en el bar y yo la sujeté y decidí traerla aquí. ¿No es eso lo que buscaba, Bianca?
Ella se dejó caer sobre la cama deshecha y empuñó las manos con rabia. No podía calmarse. No quería. Creía que lo de anoche era una depresión pasajera y que el resto lo había soñado. Pero cuando se despertó en aquella cama y comprobó que nada de lo ocurrido el viernes por la noche había sido un sueño, Bianca se asustó. Preguntó:
-¿A dónde me ha traído?
-Tranquila, Bianca. No está en ningún sitio extraño. Esto es Barcelona.
-¡Barcelona? –le miró otra vez con sorpresa.
-Sí., aquí es donde vivo.
Bianca se sintió incómoda. Miró a su compañero y se percató de que aquel hombre era más joven de lo que ella se había imaginado. Empezó a preguntarse qué edad tendría. A los cuarenta no llegaba. Seguro. Pero los veinte tampoco los aparentaba ya. Tal vez entre los veinticinco y treinta y tantos. Como ella. De todas formas no sintió la cruel necesidad de preguntárselo. Ahora sólo quería volver a casa, y como estaba en Barcelona sabía que el camino de regreso era largo. Buscó su ropa por el suelo, pero no la encontró.
-¿Dónde están mis ropas?
-Las dejé para lavar. Estaban sucias. Pero si abres ese armario encontrarás alguna ropa de mujer que te estará bien.
Bianca desconfió, pero su compañero ya cerró la puerta del baño. Ella se levantó y rebuscó algo en el armario. Cuando lo encontró y se lo probó, se miró en el espejo y al final dedujo que aquella ropa no le sentaba demasiado mal. Abraham salió peinado y afeitado.
-¿Cómo es que tiene tanta ropa de mujer en los armarios, Abraham?
-Porque todos los fines de semana alguna amante nocturna se deja la ropa aquí. La olvida y no pasa a recogerla nunca. Las guardo para ocasiones tan oportunas como la tuya. Coge lo que quieras y márchate... aunque creo que no es eso lo que realmente quieres. En fin. Adiós, Bianca. Me ha encantado conocerte.
Le tendió la mano. Bianca no se la estrechó. Le miró fijamente y se despidió. Cerró la puerta y bajó por el ascensor con las llaves de su coche en las manos. Lo tenía justo en la puerta del piso. Abrió la puerta y se sentó. Metió la llave de contacto y ya iba a arrancar cuando sintió que algo se lo impedía. No había ningún obstáculo alrededor. Entonces, ¿por qué no podía moverse?. Ya tenía las manos en el volante. Bianca respiró profundamente. Miró por la ventanilla hacia arriba, hacia el piso de aquel hombre. Barcelona. Tenía gracia. Para una vez que cometía una locura tenía que ir a parar a la ciudad que más odiaba en este mundo.
<<Vete de aquí, Bianca. Este no es tu sitio>>, y arrancó el motor.
Tras varias horas frente al volante por fin Bianca encontró una salida... hacia las montañas. Y cada vez que se alejaba más de la ciudad peor se sentía. Barcelona había sido su hogar cuando era pequeña. Pero nunca le gustó. De hecho, fue donde peor pasó su adolescencia. A su padre tampoco le fueron bien los negocios y por eso se marcharon a Sevilla. allí las cosas cambiaron mucho...
<<¡Qué mosca te ha picado, Bianca? Tú no eres así –oía de fondo la fantasmal voz de su madre reprochándole que lo que había hecho estaba muy mal -¡Déjame. Tú no lo entiendes!>>
Bianca sentía que algo la llamaba. Algo dentro de ella le decía que tenía que volver porque allí estaba aquel hombre. Ahora tenía curiosidad por saber quién era en realidad. Ella no quería ver a nadie más. ¿Quería ir a Sevilla? Con lo lejos que quedaba y sin conocer una ruta. ¿Para qué iba a volver? ¿Para encontrarse con unos amigos que apenas sí la llamaban desde hacía meses? Fíjate, si hasta Carolina se acababa de casar y no tuvo la bonita consideración de invitarla a su boda. Esa no era la gente con la que Bianca quería estar. No debería hacerlo, pero lo haría. Volvería. Dio un giro brusco al volante, el coche derrapó por la estrecha carretera y cuando pisó el acelerador para descorrer todo el camino recorrido el coche saltó la barrera de protección y cayó por el precipicio volcándose y aboyándose con Bianca dentro.
Algunas horas más tarde, con la noche bien caída, la guardia civil, la policía y la familia que había divisado el coche accidentado se encontraban en el sitio investigando el suicidio. La noticia fue exclusiva de última hora.

En su casa, Abraham observaba las noticias y reconocía el precioso coche azul de su amiga muy estropeado. Vio el cuerpo de Bianca dañado sobre el volante. La imagen del televisor presentaba a la chica muerta. Ahora cubrían su cuerpo con una funda y se lo llevaban. Abraham no se sintió muy bien. Era la primera, de todas “sus chicas” que moría. Los ojos se le humedecieron. Apagó el televisor. El corazón le latía muy rápido. ¿Se arrepentía de haberla inducido a cometer una locura? No estaba seguro. De lo que sí estaba seguro es que nunca olvidaría esa noche del viernes. Su conversación con Bianca, ni la imagen de ella sobre el volante. Recordó una parte de esa extraña conversación:
<<Cométala, Bianca. Haga una locura.
-Qué dice. Yo no soy de esas...
A qué le tiene miedo. Vamos. Yo estaré a su lado si quiere...>>
Unos minutos después salía de su casa con las llaves de un coche distinto al que llevó a Sevilla, éste era de color negro y era un descapotable con los sillones de cuero de color beige. ¿Adónde dirigirse ahora? ¡Ah, sí!; casi lo olvidaba. Las asturianas eran siempre unos bombones muy fáciles de comer.
Cuando llegó a su pequeño bar particular se quedó quieto en una esquina de la barra. Observaba atento. El lugar estaba casi vacío. Sólo había una familia comiendo a última hora y una chica de frente a él que lloraba pidiendo un consuelo. El chico que estaba con ella y de espaldas a Abraham le acababa de romper el corazón. Se levantó cogiendo su chaqueta y se marchó sin volver la vista atrás. Era la oportunidad que Abraham esperaba. Se acercó con su vaso de güisqui y se sentó educadamente en la misma silla que había abandonado el chico. Sonrió y comentó:
-Siempre están los que no te entienden, verdad?
La chica le miró sorprendida y Abraham le dedicó una de sus mejores sonrisas, con la que ninguna mujer se le resistía...