SOLEDAD COMPARTIDA

 

                                      

 

Dicen las malas lenguas que las casualidades no existen, pero aquellos que siempre guardan un poco de esperanza opinan que aquellas son los sueños de uno convertidos en realidad.

 

Miguel había salido de casa aquella mañana de principios de otoño para no volver. La maleta yacía a un lado del banco donde estaba sentado esperando con paciencia la llegada del próximo tren. La brisa agitaba las hojas secas de los árboles que danzaban como si fueran hermosas bailarinas de ballet; las nubes se tornaron de un pálido gris y cubrieron el cielo por completo preparándose para descargar la lluvia otoñal sobre la ciudad. Miguel no sabía qué destino tomar; pero tampoco le preocupaba demasiado. Miraba alrededor y veía correr a las personas. Todos con un rumbo fijo. Todos con un destino al que acudir. Se relajó. Sacó del bolsillo de su chaqueta de piel marrón un paquete de tabaco, cogió un cigarrillo y se lo colocó entre los labios. Guardó el paquete y lo encendió con un mechero negro viejo que tenía una pequeña pegatina medio destrozada, la cual se quedó mirando unos minutos. Había sido un regalo de su segunda novia allá por los años de instituto, cuando se le consideraba un golfo. Sonrió. Ahora que  tenía treinta y cinco, muchos de esos malos hábitos le seguían acompañando. Por eso nunca estaba con una mujer más de cuatro meses. Y en cuanto ellas pronunciaban esas palabras, Miguel hacía la maleta y se iba sin decir nada. No le gustaba los compromisos. Nunca le gustaron.

 

            Llegaron dos trenes a la misma hora por las vías tres y diez  respectivamente. El que Miguel esperaba tardaría veinte minutos más. Tiró la colilla al suelo y miró al cielo, pues la estación estaba al aire libre; las nubes se habían ennegreciendo y el viento se levantó: comenzaba a hacer fresco y cerró la cremallera de la chaqueta para abrigarse. La  espera se hacía eterna. Al girar el cuello vio a una mujer rubia con un chaleco de lana rosa que parecía extranjera, pero al mismo tiempo le resultó familiar. No llevaba equipaje. Y ahora que la miraba bien... estaba  despeinada: sus tirabuzones estaban enredados. ¿Era Lucía? Y si lo era, ¿cómo sabía ella que le encontraría  en la estación?.

                                          

                                                  

 

La chica estaba sin aliento. Tenía una expresión de preocupación y preguntaba a todos los que pasaban por su lado.  Avanzó buscando con las cejas arqueadas y la mirada triste y desesperada. Miguel se colocó el sombrero de alas marrón y volvió la vista al frente, ignorando a la joven. Cruzó las piernas y  movió los dedos de la mano derecha como si estuviera tarareando una canción. El tren estaba entrando.

Ella  se sentó en el mismo banco exasperada. Parecía resistirse a las lágrimas y empuñaba las manos con rabia. No le había reconocido.

Miguel se levantó y cogió su equipaje; subió al primer coche y buscó su asiento, que estaba junto la ventana, frente al banco donde había estado esperando, y donde Lucía seguía sentada. Tenía el móvil en la mano, preparado para llamar a alguien. La observó. Sintió que el corazón le daba un vuelco y no sabía por qué. Necesitaba  una copa. Que lástima que no tenía una de esas botellitas de güisqui de bolsillo. El tren comenzó a moverse lentamente hasta que salió de la estación y empezó a coger velocidad. La calefacción estaba baja. Miguel se echó hacia atrás y, dejando el sombrero en el asiento de al lado, cerró los ojos; juntó las manos y cruzó los pies.

 

            Al cabo de un rato sintió que el acomodador le llamaba y enseñó su billete. Luego, algunos pasajeros que estaban unos asientos más adelante comenzaron a charlar a medio tono, pero eran tan pocos, que todos escucharon casi sin querer. Miguel miró por la ventana. No era posible. ¡Pero si estaba saliendo de la estación otra vez!. Allí, en el banco, estaba sentada Lucía. Pero... ¿era ella?.

 

                                                       

 

Ahora el paisaje presentaba pocos edificios; abundaban las casas y las chabolas y había mucha distancia entre unas y otras. Eran campos rasos y algunos con la tierra preparada para ser cultivada. Había algunos árboles. El viento silbaba y llovía con intensidad. Miguel no quiso echarle cuenta a la extraña visión porque posiblemente se trataba de otra estación. El tren hacía paradas a lo largo del camino. Seguramente fue la impresión de haber visto a Lucía sentada en el banco llorando sola. No tenía que haberla abandonado así... tal vez, con haberle escrito una carta hubiera bastado para excusarse... Vaya, ahora se sentía como un cobarde. Siempre huyendo de las situaciones difíciles.

 

¿Y ahora, qué sería de la pobre Lucía? Con todo lo que habían pasado juntos... y lo bien que estaba con ella... ; entre todas las mujeres que se habían cruzado en su camino Lucía era la que más feliz le había hecho, pero no podía arriesgarse a más. Él no era de esos... Inspiró y espiró el aire por la nariz fuertemente. Lo mejor sería olvidarlo ya.

Pasaba un botones con un carrito lleno de bocadillos, refrescos en lata, algunas chuches y patatas, y Miguel pagó por un bocadillo y una cerveza porque sentía hambre, pero algo le impedía comer. No lo entendía. Cuando el botones se alejó hacia el otro vagón, miró al asiento del frente. ¡No es posible! ¿Otra vez?. Pero si antes no había nadie ahí... ¿cómo era posible que Lucía estuviera allí?; la había visto sentada en el banco de la estación y en ningún momento subió al tren. Miguel empezaba a sospechar que se estaba volviendo loco, o alguien se estaba burlando de él. Giró la cabeza para mirar por la ventana, pero pasaban por un túnel oscuro y el interior se reflejaba en el cristal. Miguel vio que la chica rubia de chaleco rosa le estaba observando fijamente y se sonrojó perturbado. Ya no estaba para bromas como aquella. Se volvió para decirle unas cuantas cosas, pero el asiento estaba vacío. Se levantó para hacer una comprobación. Cierto. Allí no había nadie. ¿Entonces qué es lo que había visto; ¿un fantasma? No... ¡Imposible! Esos seres no existen. Salió al pequeño pasillo para respirar aire frío y serenarse. Permaneció un rato solo y luego recobró la confianza. 

El tren se paró y las puertas se abrieron. Cinco personas más subieron cargadas con su equipaje y Miguel las observó en silencio. Las puertas se cerraron y el tren avanzó de nuevo. El pasillo quedó sólo, pero frente a él la volvió a ver. Aunque esta vez Lucía estaba riendo. Su risa sonaba lejana y cercana al mismo tiempo; era traviesa y Miguel seguía convenciéndose de que no era real porque sería mucha casualidad que Lucía supiera donde estaba él. Sería mucha casualidad también que ella, aunque no lo supiera, hubiera subido al mismo tren que él. Y sería mucha casualidad que los dos fueran al mismo destino.

Miguel suplicó que le dejara tranquilo, que él no tenía ya nada que ver con ella; le dijo que continuara su camino, que algún día encontraría a su pareja ideal, pero esa pareja no era él. Le dijo que se olvidara de todo y el fantasma alargó una mano hacia él dejando la palma abierta esperando que Miguel le respondiera de la misma forma. Se puso seria; los flequillos tapaban sus ojos, pero Miguel sabía que estaba llorando. Se sintió tentado de entregarle la mano y la alargó un poco temblando. Una mujer gruesa cruzó y sonrió. Miguel le devolvió el saludo y la mujer desapareció en el interior del coche. Cuando él miró otra vez, Lucía ya no estaba, así que suspiró aliviado y volvió a su asiento.

 

            Le daba vueltas a la cabeza. Fuera no dejaba de llover y ya habían sonado algunos truenos a lo lejos. El tren daba ahora grandes saltos porque el terreno no era muy bueno. Su  maleta cayó al suelo, y al recogerla vio que enganchado a la cremallera había un pequeño peluche que hacía la vez de llavero: un oso gris con una pajarita amarilla alrededor del cuello; a Miguel le pareció que tenía una mirada muy triste y que su risa era una mera ironía de la melancolía que le producía la soledad. Lo acarició con los dedos cuidadosamente; echó un vistazo por la ventana y sonrió. El tren se paró y bajó.

 

            Mientras Miguel hacía su extraño viaje quién sabe a qué destino, la chica rubia de chaleco rosa permanecía sentada en el banco sin moverse. Había llorado mucho tiempo. Ya le habían advertido, pero ella no quiso creerlo hasta entonces. Era un golfo que no merecía su cariño. ¿Entonces por qué estaba allí?, ¿Por qué había ido a la estación? Si ni siquiera le había encontrado.

En el momento que empezó a llover la estación se vació. Todos fueron a refugiarse del frío y la lluvia; pero a ella no le importó porque ya estaba mojada. No le serviría de nada que alguien le prestara un paraguas. Miró a su izquierda. Todavía le parecía que el hombre que había estado allí sentado seguía a su lado, ya que aquella chaqueta marrón le resultó conocida. Por eso se había sentado allí. Creía que si era quien ella buscaba, él se daría la vuelta y le cogería la mano, pero no fue así. Desvió su atención a las vías del tren. El silencio no era absoluto y la lluvia la deprimía todavía más. El tren se detuvo frente a ella. Miró a la ventana. El asiento estaba vacío. Ella se levantó y postró una mano sobre el cristal; entonces le pareció que aquel hombre estaba allí observándola, mirándola fijamente y sonriéndole. Parecía mover los labios. Quería decir algo, pero ella no lo entendía. No quería esforzarse. Lo mejor sería olvidarlo por completo. Hombres mejores habría en el mundo para ella. Pero...

 

            Se anunció la nueva salida por megafonía. Lucía se apartó tristemente y se despidió del fantasma. Paseó avanzando lo más despacio que le fue posible porque no quería irse de allí. Iba con los brazos cruzados porque tenía frío; se sentó en lo bajo de unas escaleras y metió la cabeza entre los brazos llorando en silencio. Qué cruel había sido. Ahora ya no sabía qué hacer. ¿Por qué tuvo que sucederle a ella? Habían sido los mejores meses de su vida; lo había pasado tan bien con él... No podía olvidarse de él... por mucho daño que le hiciera su silenciosa marcha, no podía... ¡No quería olvidarle!.

 

            El día se hacía largo. No tenía hambre; aunque tampoco nadie le había ofrecido un bocado. A ratos había dejado de llover, pero las nubes seguían negras. Cerca de ella las hojas secas de los árboles bailaban en un remolino guiado por el viento, y el suelo estaba encharcado por algunas goteras.

La noche caía. Las llegadas de trenes eran cada vez menos frecuentes y ya no se anunciaba ninguna salida. La estación se quedaba sola. El reloj marcaba horas en punto. El cielo comenzó a despejarse, aunque el aire seguía siendo frío, y no se veía estrellas por ninguna parte. La esperanza de volver a verlo se iba desvaneciendo cada vez más hasta el punto de no tener más fuerzas para levantarse, y entonces intentó recordar una pequeña conversación que tuvieron hace tiempo en la cama... pero de lo único que se acordó fue de las siguientes palabras de Miguel:

-La soledad nos hace malas jugadas, ¿verdad, Lucía?

Y visualizó tanto la escena que la creyó real otra vez... y murmuró:

            -Fantasma... –y pensó –En eso te convierte la soledad, y eso es lo que eres al fin y al cabo. Fantasma.

-La soledad...  resulta tan traicionera...  -Era  la frase que Miguel tenía en la cabeza desde hacía rato mientras el tren se alejaba de la nueva estación.

 

El sonido de la noche los acompañó a cada uno por separado, pero juntos en el pensamiento; y no sintieron siquiera cómo el frío calaba hasta los huesos. Miguel miró por la ventana y recordó aquel día en que se conocieron cuatro meses atrás en el parque, una tarde de lluvia intensa.

Lucía hizo acopio de las poca energía que le quedaba y empapada  paseó alejándose de la estación. Iba cabizbaja y, al pasar por el parque, se quedó mirando aquel banco donde ahora había un viejo mendigo intentando refugiarse bajo papeles de periódico. Era el lugar donde aquel cuatro de agosto creyó conocer a Miguel, el trotamundos.