Os regalo un cuento:

 

“De igual manera que Bastián miraba extasiado aquel libro de la librería de su vieja ciudad, así un niño, detrás de la ventana, escudriña el paso de las horas, esperando, quizás, la vuelta del tiempo de las hojas verdes, la caída dorada de las tardes largas y que describen despacio las horas del reloj. Es invierno. El niño está solo. Los padres han salido, trabajan, van de compras, tienen mil y una cosas que hacer, mil y una gestiones, tareas, obligaciones. Por eso el niño está solo, detrás de la ventana, mirando el tiempo en su extravagante silencio, en la lluvia, clarísima y prendida de un aire que  balancea las copas de los árboles y ensucia el suelo con hojas firmes y tiernas.

Es invierno. El niño está cansado. Muchas horas de trabajo escolar, de clases monótonas, de sujetos, predicados, sumas y restas... Espera, eso sí, ilusionado, la llegada del tiempo libre, el tiempo de las rosas, las horas en las que podrá abrir, libre de toda imposición, las hojas de los libros, bucear en su interior, conocer a otros personajes, menos atados a la rutina diaria, menos obligados a oír discursos repetidos.

 

El niño abraza las páginas de los libros y tiene la impresión de que algo de cada uno de esos héroes se traspasa a su interior: el valor de los sueños, la importancia de la amistad, la huella del amor... todas las palabras son una para este niño que, sin avisar, avanza por entre las montañas de palabras en una búsqueda épica, la búsqueda de su propio yo, el verdadero, no el que se domestica en las horas fijadas de antemano de las escuelas, no el yo que se calla o se aburre o se cansa o se preocupa por parecer como los otros.

 

Este niño ya no tiene miedo, no obstante, pues el miedo es hijo de la ignorancia y de la mediocridad; por eso, el transcurrir por las páginas blancas y amarillas, rosadas, de los libros, es un paso más en una victoria sin retorno: cómo  hacer que uno encuentre en uno mismo las múltiples razones para trazar los pasos en el aire, libre, libre.”

 

 

         C.L.B.