Mariposas en el cristal

 

Por Catalina León Benítez

 

 

Estaban las hermanas Úrsula y Nora subiendo una empinada cuesta. Úrsula es pelirroja y tiene unos ojos del color de la oliva. Nora es casi rubia, sobre todo cuando los rayos del sol caen directamente sobre su pelo.

Es una tarde de verano, dorada y cálida, llena de olores y sabores, una tarde de cambios y de expectativas. El tiempo del trabajo ha terminado. Úrsula ha cerrado la pequeña escuela, despedido al último de sus alumnos y guardado sus libros en un espacioso bolso de bandolera, un viejo bolso que la acompaña casi siempre y que ha dejado en casa, junto a la puerta de entrada.

Por su parte, Nora ha enrollado un pergamino que estaba decorando inclinada junto a la ventana, atrapando la luz que parece escaparse, y ha dejado los lápices de colores en una bonita caja de latón dorado. Desde ese momento, libres del trabajo, todas las horas pasarán al mismo ritmo, despacioso, lento, interminable, a veces; rápido como un torbellino, en otras ocasiones.

 El griterío ha hecho acercarse a las hermanas a las orillas de la colina. Tras un primer momento de incertidumbre y de sorpresa han adivinado lo que pasa. Hay una boda. Se casa la única hija del rico hacendado Crich y todos han dejado sus casas, las oscuras, pequeñas y escondidas casas de los mineros, para atravesar la colina e intentar no perderse nada.  

Es la gente del pueblo que reclama toda la atención ante el paso del cortejo: en éste se ven mujeres altas y elegantes sobre pronunciados tacones y bajo enormes sombreros; plumas grises, foulards, capas brocadas, vestidos de seda, muselinas y encajes, moviéndose en un mar de colores pastel. Flotan los cabellos al aire, los tocados se balancean con el batir del suave viento, las miradas se mantienen firmes, rectas, hacia adelante, intentando no ver nada de la fealdad de aquellos que contemplan el paso de esta inusual procesión.

Los hombres del grupo tienen una expresión grave y circunspecta, los dedos abrazando el tibio chaleco de color crema o gris, debajo del chaqué. Hablan entre ellos con palabras cómplices, esperando todos el gran momento, la aparición del novio, primero; de la novia, después. Disimulan el resquemor que les produce esa muchedumbre que presienten demasiado cercana.

 

 

El novio ha llegado muy pronto, en una carretela adornada por las mujeres jóvenes de la familia con lazos brillantes y pequeños ramilletes de rosas de Francia. Tiene la cara encarnada y los ojos entornados para evitar el sol poniente. Parece satisfecho. Junto a él, altivo, inabordable, Brand, su padrino, con gesto de no querer entender nada, de desear que todo pase rápido.

Úrsula lo ha mirado un momento y ha sentido otra vez, como hace unas semanas, ese desasosiego de saberlo lejano y perdido en otro mundo, de no poder asir de ningún modo lo que él es y lo que piensa.  Ella no sabe si él la mirará, si la recordará en ese sitio tan inapropiado, lejos del trabajo, del aula y de los libros. No sabe si tendrá en su memoria esos momentos únicos de aquellos días cuando han contemplado ambos, sin querer perderse detalle, el asombroso color de los pistilos de las flores de estío.

Y ahora ocurre lo peor: el coche de la novia no llega. Las mujeres, el gentío, se desparraman por la colina intentando atisbar el milagro. El sol arranca destellos a los tocados y a las medias, rosadas y violetas, de algunas invitadas. Úrsula y Nora se han contagiado de esa ansiedad, de ese total deseo. Es preciso que, al fondo del camino, aparezca el coche negro, tirado por los cuatro mejores caballos de la casa. Es preciso que el novio deje de pasearse impaciente por las escalinatas de la iglesia, tiene que llegar la novia y aplacar los gritos de las mujeres y las risas calladas de los hombres.

De pronto, alguien avisa, ahí viene, dice una voz de mujer joven, ahí viene, repiten todos, ya se acerca… Los caballos tintinean en alegre alborozo y un rosario de cintas blancas inunda el camino. El coche cruza veloz por la vereda y aplasta en las orillas multitudes de pequeñas amapolas, de humildes margaritas silvestres. El coche se acerca a la puerta de la iglesia pero, de pronto, de forma inesperada, da un giro y se pierde en la parte de atrás. Oh, exclaman todos los rostros… en un grito de sorpresa que llena también los ojos y las manos. Oh, parece decir el rostro preocupado del novio…

Pero no hay motivo.

Sujetándose el vestido con las manos, el velo ondulante, la pequeña diadema en precario equilibrio, en lo alto de la escalinata, más cerca que nadie de la puerta de la iglesia, aparece la novia, entre la risa y el rubor de saberse esperada por todos.

Así, en un momento, el novio la ha visto y ha corrido, ha cruzado veloz los escalones y dejando atrás todo, el padrino, los invitados, la gente y el sol fuerte de la tarde de verano, ha tomado a la novia del brazo y, juntos, sin ceremonia, han cruzado el umbral de la iglesia.

Úrsula y Nora han respirado tranquilas pero sólo por un momento. La tranquilidad no está hecha para ellas. Nora ha vislumbrado tras un grupo la figura alta de Thomas Crich, el hermano mayor de la novia, el heredero del imperio de las minas Crich, muy rubio y tostado por el sol, con su mirada de siempre, franca y como si quisiera hacerse perdonar ante todos su belleza y su dinero.

Las gentes del pueblo lo contemplan como a un dios, un dios rubio en medio de la negrura de las minas. Nora sólo ha hablado con él un par de veces, pero ha percibido ya ese tintineo del corazón, ese resorte que la empuja a querer estar sola para pensar en él.

A nadie, ni siquiera a Úrsula, ha querido comentarle nada. Si habla de eso, el secreto desaparecerá y se convertirá en algo sórdido, tan lejano e imposible como parece. Ella, la hija de un minero, una bohemia sin remedio asida a sus pinceles; él, el todopoderoso futuro dueño de medio país de las sombras.

Brand ha saludado ligeramente con la cabeza al pasar junto a las hermanas. Las ha mirado a las dos aunque su saludo va dirigido a Úrsula, que no ha sabido responder salvo con un pequeño gesto de los ojos. También a ella parece haberle llegado la hora del amor y, sin embargo, no logra poner en orden sus pensamientos ni encontrar un motivo para alegrarse.

Pensar en él le produce dolor, mucho más en estos momentos, cuando están separados por la distancia que media entre los invitados a la elegante boda y los curiosos. Ella está entre los curiosos, aunque no tiene nada que ver con la gente oscura de las minas, aunque ha estudiado y leído libros y libros. Pero se trata de una distancia mayor que la física, una barrera invisible que separa al mundo del dinero y el bienestar de ese otro, en el que se mezclan y se amontonan los trabajadores y los soñadores como ella y su hermana. Eso le parece humillante porque, entre los amigos del novio está Elsinor, vestida de pantera, con un sombrero de plumas grises y azuladas que lleva con la desgana y el porte de quien se sabe dueña de casi todo, menos de Brand, espera Úrsula.

La gente se repliega hacia sus casas moviéndose al unísono, como si alguien los dirigiera con una batuta secreta.  No vale la pena esperar la salida. El sol cae despidiéndose y las puertas de la iglesia se cierran torpemente, dejando fuera a todos, incluso a las hermanas que, sorprendidas en sus pensamientos, desconcertadas, se han quedado estáticas un momento,  sumergida cada una en su propia esperanza: un amor que traspase la fealdad de las Middlans y las lleve de vuelta al paraíso.

Algo que las reconcilie con la vida. Porque esta no es la vida que han elegido, es solamente la vida impuesta, la vida obligada, la vida que no pueden dejar de vivir, contra su voluntad. Nora se marchó muy joven a la gran ciudad. Decidió que valía la pena probarlo y, con poco dinero, dejó atrás la mirada triste y resignada de su padre y tomó un tren que debía llevarla al encuentro de la oportunidad. El momento de la despedida fue tan duro que se marchó sintiéndose culpable: sí, ella es la responsable de que su padre sufra, de que la observe con ojos huidizos y llenos de lágrimas; es la culpable de que su madre hable sola y de que se mueva como una sombra por la casa, pronunciando su nombre con tono interrogante. Ella es la culpable por querer más, algo más. Se fue, pero con un peso enorme en el corazón, tan grande que no la abandonó en los años, muy pocos, que consiguió estar fuera, mantenerse lejos de este opresivo círculo de trabajo, miseria y mala suerte.

Úrsula  no ha querido marcharse. Después de la huída (¿puede llamarse de otra forma?) de Nora, ha sido imposible pronunciar de nuevo la palabra adiós. Ha elegido el camino de los libros y de la instrucción, por eso se ha convertido en maestra. Cuando la vieja maestra del pueblo se jubiló, Úrsula tomó su puesto y desde entonces no para de pensar en que ese será su futuro, el mismo futuro de la señorita Judith, oscura, nerviosa y casi invisible a los ojos de todos. ¿Quién dice que la señorita Judith, cuando tenía los mismos años que Úrsula, no era una chica guapa que atraía a los hombres? Pero su soltería la ha convertido en una rama seca, en una rama sin raíces y sin frutos, algo que uno puede aplastar y pisar si tiene suficiente fuerza en los pies.

 

 

Por eso esta boda las ha afectado tanto. ¡Es algo tan lejano y tan imposible para ellas¡ ¿Cómo imaginarse a Nora vestida de blanco, con una diadema antigua en el pelo, del brazo de Crich, el dios rubio por el que suspira su corazón, aunque ella no quiera dejarlo traslucir con su gesto hosco, casi vencido? ¿Quién pensaría que un día Úrsula y Brand puedan amueblar juntos el espacioso molino convertido en vivienda que él ha heredado de su padre y que está preparando sin prisas, para un futuro junto a una mujer de quien no se conoce el nombre ni el rostro?

Las hermanas se sienten atrapadas. Son mujeres pobres en un mar de campos heridos por las minas. Las casas de los mineros son tan grises como el cielo que se levanta detrás de las explotaciones. El suelo está cubierto de un polvo espeso, que se mezcla con el aire cuando los capataces, a caballo, cruzan de uno a otro lado los espacios abiertos para trasladar las órdenes del jefe. Ellas no trabajarán en las minas, porque han nacido mujeres y su padre aún se lamenta de esto. Aunque quiere a sus hijas, el no haber tenido ningún hijo varón hace que agache la cabeza. Muestra sus manos ennegrecidas, porque el hollín nunca se escapa de las uñas, y les dice algunas veces:” Mirad, mirad mis manos, esto es lo que soy, esto es lo que tenemos en esta tierra. Carbón, puro y duro carbón.”

Su padre siente lástima por ellas. Entiende la ansiedad de las hijas y su decepción. Querían haber nacido en una casa rica, en un sitio hermoso, con jardín, con biblioteca, con un pequeño río pegado a la casa y en ese río una barca dispuesta para el paseo. Pero viven en una casa prefabricada, una casa de la empresa, una casa como todas las de los mineros, quizá un poco mejor, porque en ella hay libros y unas cortinas alegres. A cambio, se escabullen cuando pueden a la zona más alta, abierta, limpia, a la colina, desde la que divisan la mansión alargada de los Crich, el único punto blanco en toda esa negrura. También el padre siente decepción: esas dos delicadas flores no son hijas de la mina, y han reinventado un pasado lejano de grandezas que ya ninguno en la familia recuerda, excepto ellas.

Nora y Úrsula observan a su madre, la miran sin que ella se dé cuenta. La comparan mentalmente con la señora Crich, alta, sofisticada y cubierta de gasas, de velos, de tules, tejidos limpios, caros, suaves, sedosos. Miran a su madre que siempre viste de gris, una falda de mezclilla y un jersey grueso en invierno; una bata de tela áspera en verano. Las tristes y humildes ropas de la mujer de un minero. Las hermanas saben, o sienten, que ellas no han nacido para eso, que una extraña mutación genética las imposibilita para soportar una vida mísera y escondida. Aletean como las mariposas en el cristal buscando la forma de salir al exterior.

Por eso andan detrás del amor. Esté donde esté, el amor tiene que abrirles la puerta del paraíso. El amor tiene que hacerles desplegar sus alas, cerradas y ocultas ahora a los ojos de todos. Nora sueña con Thomas Crich noche tras noche. Él, siempre impecablemente vestido, a veces a caballo, otras veces en coche. En los sueños, él desciende del automóvil negro y lujoso, alarga las manos hacia ella y sonríe. La luz de esa sonrisa la despierta y se conserva así en su corazón durante todo el día.

Úrsula tiembla cuando pasa las hojas del libro de ciencias naturales que Brand le ha prestado. El libro tiene enormes dibujos a color y en ellos están los secretos de las flores: corola, pistilos, estambres, semillas, pétalos. Úrsula pronuncia estas palabras cuidadosamente, en voz alta, delante del espejo. Se imagina que, de un momento a otro, Brand abrirá la puerta y estará allí a su lado con la media sonrisa cálida que esboza cuando la ve.

El sol se ha escondido detrás de la colina. La noche avanza sobre el valle minero. Las hermanas apresuran el paso. El aire sigue siendo cálido. No tienen prisa por llegar. Los vestigios de la boda han desaparecido. Todos los invitados están dentro de la mansión que acoge la fiesta, la celebración de los elegidos. Brindan con champán, ríen con despreocupación, comentan los detalles de la boda. Quizá, en una esquina, junto a un ventanal abierto, Brand fuma en silencio, absorto, mientras se pregunta qué hacer con ella. Y, más allá, en medio de una animada reunión de solteros un poco bebidos, el hijo de los Crich reserva un lugar en sus pensamientos para la belleza asustada de Nora.

Los rayos apagados del sol poniente contemplan a las hermanas entrando silenciosamente en su casa. En su pequeña, oscura, triste y desprotegida casa. Han cerrado la puerta, aislando el interior del eco lejano de las músicas que el aire de verano arrastra desde el otro lado de la colina. Han cerrado los ojos. Han sentido el cansancio.

Entonces, las alas transparentes de las mariposas se pliegan a la espera del día.