PREMIO ALJARAFE DE LAS LETRAS

 

Eliacer Cansino

 

 

DISCURSO LEÍDO EN EL AYUNTAMIENTO DE TOMARES

 

( diciembre,  2009)

 

 

Es para mí un honor recibir este premio. Y lo recibo con el agradecimiento propio a todo lo que no se espera y procede de la generosidad de otros. Y, además, con simpatía, máxime cuando el galardón combina esas dos palabras: Aljarafe y Letras.

 

 Unir Aljarafe y Letras es para mi algo tan sencillo como mi propia vida. Hay formas de vivir que son falsas, advenedizas, extrañas, que se adoptan porque la circunstancia o el interés así lo exigen. Otras, en cambio,  son tan naturales que cuando uno se pone a reflexionar sobre ellas, intentando verlas desde fuera,  no logra desgajarlas de sí mismo. Y eso ocurre con Aljarafe y Letras, dos ingredientes que desde hace tiempo constituyen parte de mi identidad.

 

A las letras llegué mucho antes que al Aljarafe. Desde los 12 o 13 años me sé conscientemente lector y tímidamente escritor. Lector ya no dejaré de serlo y escritor,  la elección personal más sostenida de mi vida, he intentado serlo desde esa fecha hasta hoy. Elegida por mí la literatura o yo elegido por ella, según lo expliquen el psicoanálisis o las musas, cruzaré con esta vocación mi adolescencia, la juventud y la madurez –si este ahora es la madurez- con los distintos tonos que cada uno de estos momentos exigen: ensoñación en la adolescencia, apasionamiento en la juventud, rigor y conciencia después.

Pues bien, si a la literatura llego a esa edad, al Aljarafe llegué algunos años más tarde. Mi primer contacto con este lugar emblemático, quizá fuera  Itálica. Propiamente dicho, Itálica no es una ciudad, ni  está en el Aljarafe, porque Itálica es sobre todo una figura del espíritu. : Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora/ campos de soledad, mustio collado/ fueron un tiempo Itálica famosa. Desde Itálica se ve el mundo en su esencia verdadera, mondo de adornos, que tanto nos despistan, y en su suelo se asiste a la gran lección del tiempo: que todo pasa, que nada permanece. Quien, con un poco de sensibilidad entre en Itálica no podrá evitar salir transformado.

 

 Mi segundo encuentro con el Aljarafe debió de ser a través de las ventanillas de Damas, esos autobuses que nos trasladaban a las playas de Huelva. En el ir y venir del verano, mis ojos se impregnaron de la suavidad de los campos bajo la profunda claridad del día, en las idas, y de los melancólicos atardeceres, de regreso.

 

Hasta que en 1985 me vengo a vivir a Tomares. En esas fechas ya lejanas participo, siempre desde mi posición de escritor, en las actividades culturales de aquellos primeros años de ayuntamientos democráticos. Recuerdo con simpatía a Francisco Barrera, concejal de cultura, una de las primeras personas que conocí de este pueblo relacionada con proyectos culturales. Y a dos técnicos contratados por el Ayuntamiento que trajeron nuevos aires: Emilio Rosales, él mismo poeta, y Pepe Ordóñez, filósofo y persona original donde las haya.

De aquellos años recuerdo las lecturas poéticas en un salón increíble, moderno e insospechado en la Cooperativa del Mueble, a las que asistieron poetas de renombre y otros más jóvenes que entonces comenzaban.

 

1988, tiene para mí una significación especial ligada a Tomares. Ese año recibo el Premio Juan Sierra de Poesía, por mi obra Paisaje de las sombras, que me acompañó siempre en mi currículo. Lo editó el Ayuntamiento y yo mismo estuve al cuidado de la edición en la imprenta Pinelo de Camas a la que, con entusiasmo, iba una y otra vez para corregir pruebas que nunca terminaron de ser corregidas del todo. Aquel mundo de la imprenta, de las galeradas, ya hoy casi olvidado, y que tan bien nos ha recordado J.A. Corzo , en la exposición que sobre el libro  nos  ofrece estos días en la sala de exposiciones del Ayuntamiento.  Presentamos, pues, aquel libro en el patio que hoy llaman de las buganvillas, cuando aún no había llegado la nueva arquitectura tan fulgurante y todo tenía un sabor a palacio decadente tomado por el pueblo. Fue una tarde estrambótica, y visto desde hoy maravillosa y divertida:  mientras yo leía mis poemas, acompañados de un piano y un violonchelo, se levantó un aire que se llevó las partituras de los músicos, las golondrinas –no las amadas de Bécquer- se confabularon contra la poesía y bajaban al patio y entraban y salían casi rozando las cabezas de los asistentes y distrayendo a todos de mi lectura, los niños que asistieron al acto lo tomaron  como una fiesta , se subieron al estrado a beberse el agua del conferenciante, se escondieron bajo la mesa de la presidencia,  y finalmente una de los veladores con las copas para el cóctel posterior se vino abajo con el consiguiente estrépito. Pero aún así tuve mi primer libro de poemas en la mano y el sueño de verlo publicado por fin cumplido, aquí en Tomares.

 

Viví con entusiasmo las primeras exposiciones de pintura moderna. Y recuerdo especialmente una que yo mismo presenté de la pintora Juana Mangas, en la recién inaugurada Casa de Cultura, en el arquillo que da a la plaza, donde hoy se halla el Auditorio Municipal.

 

Recuerdo, por aljarafeña y significativa para mí, la tarde de un martes santo de 1995 en la que, un grupo de personas nos reunimos para acompañar al cementerio y dar el último adiós, casi como una elegía,  a Alfonso Grosso, ese escritor magnífico que vivó y se perdió para siempre, aún mucho  antes de morir, en la calles de Valencina.

 

Después,  naturalmente,  he colaborado en otras iniciativas  más  cercanas en el tiempo. He participado en los actos que en  torno a la literatura llevó a cabo la anterior corporación y en los de Literatura y Arte de esta presente, que en eso no he hecho nunca diferencias, pues detesto el maniqueísmo político, ese mal tan aquilatado en nuestra vida pública, en la que o  se es de unos o de otros, y en la que con frecuencia se olvida que quienes nos representan son siempre interinos de una realidad permanente que es el pueblo.

 

He frecuentado y frecuento la librería Prisma, ese pequeño faro de las letras en nuestro pueblo, que con tanto acierto dirige Margot Pérez y que tanto nos ayuda a encontrar lo que en el mundo se escribe. Y sobre todo he dedicado parte de mi tiempo al encuentro con los jóvenes. Creo que no hay pueblo del Aljarafe que no haya visitado para encontrarme con mis lectores, ni biblioteca pública – no puedo dejar de mencionar aquí a Cristóbal Guerrero y Angelines Delgado de la Biblioteca de Camas, tan pionera en tantas actividades de fomento de la lectura- en la que no haya animado a los jóvenes a descubrir los tesoros que silenciosamente les aguardan.

 

He pasado casi treinta años, y aún sigo en el empeño, en un Instituto de Enseñanza Secundaria del Aljarafe que lleva el nombre del insigne Mateo Alemán, a quien siento, ahora que también yo he escrito una novela sobre Alfarache, casi como un colega con el que de vez en cuando charlo, sin que el tiempo ni el espacio nos lo impidan. Treinta años de diálogos con chicos y chicas del Aljarafe, procurando que la razón y la belleza no sean superfluas en la vida. Un intento consciente de unir ideas y sentimientos,  “cultura racional y cordial” que diría el maestro Ortega y Gasset, alguien que supo, y en eso siempre tenemos que aprender, estar en su circunstancia particular sin dejar de pensar en lo universal. Y eso mismo he querido yo enseñar a mis alumnos, porque cuando uno olvida lo universal, nos volvemos localistas, provincianos y, a la postre, cortos de miras.

 

Por último me gustaría compartir este premio con todos los compañeros que escriben Literatura Infantil y Juvenil. Solemos decir, los que a ello nos dedicamos, que vivimos una injusta invisibilidad. Ni los suplementos literarios, ni los programas de letras en radio o televisión suelen prestar atención a una literatura que ha ido adquiriendo carta de naturaleza en todo el mundo. Mientras algunos la minusvaloran, otros sencillamente la desprecian. Por eso, este galardón nos hace a todos un poco menos fantasmas, más visibles.

 

 Todo esto que les he contado no es más que el curso de mi vida, de un aspecto de mi vida y, por tanto, tan natural como el vivir.  Hace algún tiempo escribí, hablando de los libros, y aún mantengo hoy, que si la ilustración nos alentaba con aquel lema suyo Sapere aude, atrévete a saber, hoy habría que decir Legere aude, atrévete a leer, porque es en los libros donde la inteligencia y la sensibilidad  pueden encontrar su más energético alimento.

 

Gracias, pues, de nuevo, a quienes tan amablemente me han otorgado este reconocimiento y a todos los que hoy me habéis acompañado en este acto.

Muchas gracias.