LLUVIA

 Por Victoria Aguilar

 

 

La ciudad despertó aquella mañana agonizante. Sus cielos se teñían de color cemento y diminutas gotas de lluvia pendían cristalinas de las nubes.

Se escuchan gritos, voces furiosas que se apagan tras un áspero portazo.

 Salió a la calle desorientada, había estado en esa casa millones de veces pero todo le parecía brutalmente complicado y extraño… unos meses atrás había llegado allí con una mascara de felicidad que hoy se disolvía en lágrimas de rabia y frustración.

Allí estaba ella, diminuta bajo la sombra de imponentes rascacielos de estructura metálica, perdida entre un mar de gente gris que iba de un sitio para otro a toda velocidad pegados a sus teléfonos móviles o reproductores MP3. Se dejó llevar por una corriente enloquecida de personajes enchaquetados, autómatas con traje y corbata pertenecientes a alguna multinacional sin alma.

Se detuvo, tenía las mejillas rojas por el frío y las manos amoratadas ocultas en los bolsillos, el cuerpo lleno de golpes, el rostro ensangrentado tapado por fugaces mechones de cabello  y los gritos de él resonando aún en su cabeza.

Miró hacía arriba buscando un pedazo de cielo en el que poder refugiarse pero apenas distinguía la forma de las nubes rasgadas por las agujas metálicas de los rascacielos.

Entonces sucedió, la primera gota de lluvia chocó contra el asfalto seguida de millares de compañeras que llevaban amenazando con su precipitación toda la mañana.

Lluvia, llueve, cualquier sonido que no fuese el de las gotas de lluvia chocando contra la acera  carecía de belleza o musicalidad.

Lluvia, gris, calma la sed de su alma y le empapa el rostro disimulando las lágrimas que resbalaban por las mejillas.

El cronómetro de la vida parecía detenerse con cada gota que caía, los escaparates reflejaban las luces rojas de los taxis ocupados y la amalgama de personajes grises y enchaquetados se había disuelto entre una sinfonía de paraguas multicolores.

La vida tan simple, las conversaciones tan vanas, nada roza el corazón, nada importaba ya, todo perecía bajo el sórdido grito del temporal.

Y allí estaba ella, en medio de ninguna parte. Perdida en la ciudad, sin dirección ni tiempo. Dejándose llevar por el resplandor sintético de las farolas, añorando aquel sentimiento al que llamamos hogar, con los bajos de los vaqueros empapados olvidaba  las  incógnitas de respuesta imposible y aquellas dulces ilusiones que hoy se volvían amargas como la hiel.

Siguió caminado, buscando aquellos ojos verdes como el vidrio en la cara de la gente.

Tenía miedo, aún recordaba su rostro desencajado en una expresión de odio imposible. Recordaba con nitidez cada golpe, cada insulto y el terror que sentía cada noche al encerrarse en el cuarto de baño.

Encontró una cafetería abierta y entró en ella, se sentó en la barra y pidió una copa.

Se sentía sola, tenía miedo y la cartera vacía  pues todo se lo había entregado a él ¿Qué hacer? Carecía de libertad y sentía que los mejores años de su vida se los estaba entregando a la persona equivocada.

“No hay más soledad que la que se siente frente a un vaso vació” recitó para sí misma.

Pero no, ya estaba harta de huir, harta de escapar de la realidad pintando con mentiras una farsa, farsa y engaño, los dos pilares que habían sujetado su vida todo aquel tiempo.

La determinación guió sus pasos, ¿De qué sirven las palabras y las lágrimas? Hoy iba a luchar, nunca más se escondería.

El camino de vuelta a aquel piso fue brusco y vertiginoso. Dejó atrás la cafetería, dejó atrás la calle de adoquines mojados y los escaparates que reflejaban la sintética luz de las farolas. El eco de sus pasos se veía amortiguado por el sonido de caños de agua que manaban de una veintena de canalones de chapa.

 

El picaporte giró suavemente al contacto con la llave. La puerta estaba bufada por la humedad y al abrirla  profirió un sonido estrepitoso y chirriante.

Subía los escalones de uno en uno, mirando al suelo con cuidado para no tropezar. Entró en el salón y sus ojos se dirigieron furtivamente al sofá.

Vacío.

Susurró unas palabras de alivio y se quitó las zapatillas de deporte, tenía los pies empapados así que fue a la habitación y se cambió de ropa.

Se quedó quieta unos breves segundos contemplando el armario abierto de par en par, como esperando una respuesta, una respuesta a la incógnita que acechaba su mente desde hacía unos meses y al oír el rugir el motor del mercedes se asomó a la ventana. Y allí estaba él, con su disfraz de burgués acomodado, su sonrisa de triunfador y su maletín de cuero, lástima que el repiquetear de la lluvia contra el cristal no dejase ver lo oscuro de su alma.

Maldición, no había tiempo, cogió una mochila e introdujo indiscriminadamente todo lo que encontró en la habitación, tomó las llaves de su coche y apoyándose en el marco de la puerta dejó atrás el salón intentando borrar de su mente la escena caótica de la noche pasada, cuya  huella marcaba con un escenario dantesco aquella sala.

Se deslizó vertiginosamente por las escaleras  y lo encontró, frente a frente. Sintió como un escalofrío le recorría el cuerpo y mil agujas de hielo se clavaban en su espina dorsal. El miedo la paralizó cuando él le agarró fuertemente por la muñeca pero entonces lo miró con los ojos bien abiertos, observando esa mirada, verde como el vidrio, translúcida en la que se leía un alma deformada por el odio, un espíritu turbio cuya violencia provocaba la crispación de su fuerte mano alrededor de la muñeca de ella.

Pero entonces comprendió, comprendió que el no era más que ella, que estaba enfermo y que no debía temerlo nunca más puesto que era indigno.

 Transformó todo su miedo en ira y despreció zafándose de sus manos, manos que como cadenas se había entrelazado a su vida todos aquellos años, cadenas que hoy se rompían.

No alimentaría más a aquella quimera, aquella  bestia fruto del amor y del odio.

Se fue, lo dejó atrás.

Seguía lloviendo, incluso con más intensidad pero le daba igual, se sentía libre, más viva que nunca, sentía que con sus firmes pasos estaba derribando los muros del maltrato. Sabía que él no le haría nada, que era demasiado vil para agredirla en plena calle.

Y comprendió, por primera vez que aquel no era el final, aquello no era más que el principio, el principio de una nueva vida sin engaños ni golpes, sin ataduras ni normas, una nueva vida de la que solo ella era la dueña.

Y su alma quedó en silencio después de tanto tiempo, había dejado de llover.