
Cielo rojo al
anochecer
Por Catalina León
Benítez
A treinta leguas de Pinto
Y a veinte de Marmolejo
Había un castillo muy viejo
Que
construyó Chindasvinto…
Había fuego de
campamento. Las muchachas llevaban al cuello un pañuelo de colores y cantaban
canciones animadas, canciones largas y extrañas, llenas de trabalenguas y
repeticiones. No se veía nada. Todo estaba oscuro excepto el espacio alrededor
del fuego, que estaba situado sobre la tierra seca, con ramas dispuestas en
forma triangular. La oscuridad se teñía de destellos que iluminaban los rostros
jóvenes que se asomaban a la hoguera y ofrecían un aspecto fantasmagórico, un
encuentro de brujas en torno a las llamas.
Las muchachas
procedían de muchos lugares, hablaban con acentos diferentes y mostraban
aspectos distintos. Pero eran todas jóvenes y eso las unía por unos momentos,
aunque mañana, ellas lo sabían bien, dejarían de verse y aún de reconocerse en
una multitud. Por eso era un momento único, irrepetible, algo que nunca más
tendría lugar en ese lugar y en ese tiempo. Era una noche de agosto y el campo
parecía plagado de pequeños grillos cantores, no de esos molestos y
circunstanciales que salen tras la lluvia, sino de otros más discretos, con
voces más entonadas. Era el canto de las muchachas lo que asemejaba el silencio
en un espacio de grillos.
Las voces se
paraban cuando llegaba el turno de los recitados, de los poemas, de las pequeñas
representaciones de teatro. Se habían aprendido las palabras y los acentos, las
pronunciaciones y los nombres extraños que llenaban los textos, como si se
tratara de gente conocida, vecinos de toda la vida, personas corrientes. Las
historias de los reyes vencidos, de los tristes amores de sus hijas, los raptos
y venganzas, todo formaba parte de la misma película, una visión única y
compacta de la realidad, o quizás del sueño, el sueño de una noche de verano
cubierta de estrellas. El sueño de los quince años. Las muchachas se movían
representando sus papeles, hacían gestos, guiños y posturas raras. Todas estaban
imbuidas en una fantasía que sólo era posible en esa penumbra y que acabaría al
salir el sol.
La hoguera
estuvo latiendo hasta más allá de la medianoche. Después, empezaría el lento
desfile de las despedidas. Las muchachas se intercambian papelitos con las
direcciones, los números de teléfono y algunos recuerdos, un pañuelo, una
sortija, una poesía…Todas tienen cosas que decir, pero están cansadas porque la
noche es densa y rodea al grupo como si fuera un manto oscuro y poderoso. Así
que inician la marcha dejando casi todo por hablar y aparcando los pensamientos
para otro momento, quizá para cuando, en la soledad del sueño, el recuerdo ponga
los nombres que faltan a los rostros que se desvanecen en el aire.
Las primas
están en el grupo aunque no forman parte de él. No han jurado ninguna regla ni
pertenecen a ninguna secta. Son espíritus libres que han decidido recitar los
mismos versos que las muchachas de los pañuelos azules y rojos. Aprendieron sus
versos y sus rimas, se ríen con la larga retahíla de palabras, pero para ellas
es un juego, no un juramento ni una obligación. Guardarán la poesía durante
muchos años y, ya mayores, encontrarán un hueco donde depositar el recuerdo de
esa noche escrita con palabras rimadas y música de campamento.
Ellas mismas
son muy distintas, no se parecen en nada, pero algunos destellos, algunos
momentos únicos, unirán sus líneas vitales y serán como perpendiculares que se
cruzan y que escriben una sola historia por un segundo. En esas historias hay
personajes extraños: una mujer que lleva pamela en una verbena de barrio, como
si hubiera estado invitada a una boda real; los McClahan en una granja de
Sudáfrica, asistidos por criados negros que usan guantes para no contaminar la
blancura de los europeos en ese desierto del apartheid; un peluquero
gesticulante que pone las mechas con el peine; los dueños de los puestos del
mercado, adonde ellas llegan más tarde que nadie, a la hora de las despardillás,
dirá Carmela…
Las historias
se escriben con nombres diferentes y personajes reales, que la imaginación y el
paso del tiempo ha trastocado hasta que resultan irreconocibles. Pero algunas
luces se abren paso en la distancia: un tractor que acude al cine cargado de
gente, para ver una película de Vicente Parra, “Los cobardes”; el viento
ondulante que movía las palmeras del cortijo; las estancias, la gente del campo,
los trabajos, los caballos, las abejas…Todas las imágenes parecen desvanecerse
pero, en ocasiones, de forma inopinada, vuelven a cobrar vida por un instante
largo.
Las palmeras
del cortijo, están en el exterior de la casa, en la encrucijada de caminos que
conducía a tantos y tantos lugares desconocidos. Eran enormes y movían sus ramas
acompasadamente cuando el viento de levante hacía su molesta aparición sin
avisar. Las palmeras tenían una música propia, un run run inevitable que
uno escuchaba sin querer, en los días y en las noches. Éstas eran muy tristes.
Los reverberos dibujaban el contorno de los rostros de las gentes del cortijo,
oscuras y cansadas del trabajo del día, mientras las manos se ocupaban en el
juego de cartas. Cézanne los hubiera pintado allí mismo, sobre la mesa
rectangular y verde, ocupada sólo por la baraja y los vasos de vino, pequeños
vasos de cristal verdoso, mientras las mujeres, esos seres silenciosos que
apenas se mueven, se deslizan de un lugar a otro, invisibles a los ojos de los
hombres.
En otro rincón,
cerca del cuarto de lavar, están los enormes barreños para fabricar el requesón.
A todos les gusta mirar el movimiento de las manos cuando, armadas de unas
largas cañas, mueven lentamente el fondo de los recipientes para conseguir que
el cuajo se funda y aparezca, consistente, blanco y poroso, el requesón, que
luego comerán con azúcar y una gotita de miel de abeja. El olor del requesón se
mezcla con el de las margaritas y amapolas, con el de los caballos que dan
vueltas en torno a las estancias y se acercan, como si fueran humanos, a
descansar, pegadas las crines sudorosas a las grandes ventanas de hierro
forjado. Todos los olores se funden en uno sólo y dan lugar a esa mezcla de
leche, hierbabuena y menta que inunda todas las habitaciones, incluso los
cuartos de dormir, que tienen en sus ventanas recipientes con jazmines y con
manzanas frescas.
Junto a la
galería de entrada están las abejas, que zumban cuando alguien se acerca a la
puerta de las colmenas y que llenan de picaduras rojas y molestas la mano de los
atrevidos visitantes. Los niños van por allí en ocasiones, desafiando las
recomendaciones y haciendo ver que son invencibles, que ni siquiera las abejas
pueden lastimar su dorada infancia. Luego, cuando cae la tarde, acuden con
interés a ver esquilar las ovejas, ellas sí, inofensivas, o a la habitación de
los quesos, un espacio rectangular lleno de moldes de esparto de distintos
tamaños dispuestos en estantes de madera; o quizá, cuando sea verano y las
tardes vengan cálidas, abrirán un melón amarillo y redondeado y se lo comerán a
grandes bocados, encaramados en el tejado desde el que ven el trabajo de los
hombres.
La habitación
de los quesos tiene un olor especial y a través de ella es posible salir al
exterior sin tener que volver sobre los pasos. Todas las habitaciones del
cortijo tienen salida al campo y eso lo convierte en un rompecabezas, en una
especie de laberinto plagado de esquinas, de recovecos y de lugares sin
explorar. Algunos de esos espacios están abiertos a los cuatro puntos
cardinales, a la luz y al trasiego de los días: el gran patio central, las
escaleras, la galería superior con balaustrada, a través de la cual se accede a
la habitación de la mesa verde…
El territorio
mágico de los encuentros de las primas cambia según transcurre el tiempo, que
avanza y que hace que las historias cambien y se sucedan los lugares, todos con
el fondo exterior del campo, la palabra mágica que los distingue del fondo
bullicioso del pueblo, plagado de gente, de tiendas y de secretos. En el campo
pasan las horas lentas y, cuando el verano trae su sombra calurosa sin remedio,
es el momento para pasar las páginas de los libros, como si se leyera la gran
biografía de la adolescencia, el cuento que narra la huella de la infancia y de
sus días de lluvia y llanto. El tiempo del esplendor en la hierba.
Las primas son
muy diferentes. Son diferentes sus creencias, sus pensamientos y sus biografías.
Durante mucho tiempo parecerán separadas, latiendo en cada una de ellas una vida
que tiene ocupaciones, rostros y matices propios. Pero, alguna vez, asoma en el
fondo de la memoria ese destello de lo que se vuelve familiar, de lo que se
reconoce: un coche que sube por la empinada cuesta de una callejuela de Granada,
una situación comprometida, gritos, miedo, risas y, de pronto, alguien que saca
una navajita milagrosa que evita el choque; una fotografía en la puerta de la
casa de la Preysler; una visita a Santa Gema; una charla tranquila junto a la
piscina; un vertiginoso día de compras en Hipercor…
Cada uno de
esos momentos se mezcla, al pasar los años, con el tinte de la nostalgia y, a
pesar de que el calendario haga caer las hojas, como caen las hojas de los
árboles en el otoño; a pesar de que los días se escriben con letras diferentes y
que hay muchas nuevas historias que son desconocidas para ellas; a pesar de
todo, un aire de complicidad les llegará cuando alguna
cosa les recuerde el pasado, cuando esas pequeñas historias las salpiquen y
vuelvan a traerles el tiempo gozoso de la adolescencia y la juventud, las risas
y el sonido de las horas que, sin saberlo, les hicieron vivir, en primera
persona, una felicidad compartida.