
Relatos premiados en el Concurso Literario
"Día de Andalucía"
Game over
Elena Morillo
Game over. Las palabras aparecen en la pantalla. Te sientes algo defraudado contigo mismo porque sabes que aquello era fácil. Vuelves a coger los mandos, consciente de que en algún momento fallarás, pero realmente no hay salida. Debes jugar.
Te paras frente al abismo. Aunque sabes que no es buena idea te asomas a mirar. Ves un río de sentimientos, todos ellos a una velocidad vertiginosa. Sonríes irónico. Es un todo o nada, y se encuentra en el borde de una navaja afilada. Te pones de puntillas, abres los brazos y te dejas caer.
Rezas por que la caída no te mate, pero te preocupa más el agua, sentimientos tan intensos y pesados que te arrastrarían al fondo para no salir jamás.
Para tu sorpresa no notas el golpe, ni la salpicadura ni el agua fría en contacto con tu cuerpo. Abres tus ojos, los cuales habías cerrado anteriormente con miedo y la ves. Ves la oscuridad acunarte, entumeciéndote lentamente. Flotas entre la oscuridad sin luz alguna para alumbrarte, pero aun así ves.
Juegas con la gravedad, te sientes bien al flotar. Tus miedos y fobias han desaparecido junto con el peso de tu cuerpo, que ahora es tan ligero como el pétalo del jazmín.
Buscas a tu alrededor algo a lo que aferrarte, pensando que puedes estar en el espacio, como en una película de ciencia-ficción. Realmente sabes que no lo hallarás.
Te relajas y ríes alegre. Al final volver a jugar ha tenido su recompensa. En la pantalla salen los créditos, y entre los nombres está el tuyo, porque ya sabías que no era un video juego, sino algo mucho más importante y fácil de perder. La vida no es un juego que puedas abandonar, debes seguir luchando hasta el final.

Paula Jiménez
Enciende el reproductor. Pista trece. Sonríes. “Comptine d’une été”. Corre. No dejes de hacerlo. Cierra los ojos. Siente. La lluvia cae sobre tus hombros.
Es trece de marzo. Un martes. La decimotercera semana del año, el 2013. Te miras la muñeca. Tu reloj marca las veintitrés, trece minutos y trece segundos. Te echas a reír.
Hoy es tu día. Lo sabes. Lo has visto. ¿Cómo? En tus sueños. Trece. Trece. Trece. Eso es. No pares de repetirlo. Por alguna curiosa razón que no alcanzas a saber, te gusta el número trece. La gente normal lo odia. La gente normal. Vuelves a reír. Sabes que tú no eres normal. Y te gusta. Trece. Trece. Trece.
Sigues corriendo. La calle está desierta. Hace frío. Llueve demasiado. Solo un loco saldría a la calle con este tiempo. Se acerca una tormenta. Y menos aún sin paraguas. Por eso tú estás ahí. Solo un loco. Curiosa coincidencia. Y te encanta.
Trece. Trece. Trece. Parece que no tienes rumbo fijo. Que corres sin saber hacia dónde vas. Pero no es así. Sabes lo que tiene que pasar, cuándo y dónde. Las veintitrés, trece minutos y cuarenta segundos. Estás cerca del cuándo. Te aproximas al dónde. Queda poco.
Trece. Trece. Trece. Para. Escuchas el motor de un coche. Corres de nuevo. Las veintitrés, trece minutos y cincuenta segundos. Lo sabes. Es él cuando. Es el donde.
Para. Gira. Dos luces te ciegan. Te miras la muñeca. Tu reloj no anda. Tú tampoco. Las luces son intensas.
Sabes lo que tienes que hacer. Escapa. No. No es eso lo que tienes que hacer. Corre. No lo hagas. No pongas el tiempo en marcha. Sí, ponlo.
Y lo haces. Solo puedes leer la matrícula, “1313 TRC”. Sonríes. Era lo que tenías que hacer. Lo estabas esperando.
Hora de la muerte. Las veintitrés, trece minutos y cincuenta y nueve segundos.
Trece. Trece. Trece. Y te gusta.
A TU LADO
Carlos Moreno
Abbdel Tawwâb se despertó una mañana apacible en su céntrico piso de Madrid. Sin perder un segundo, se vistió y comenzó a rezar sus oraciones. De pequeño, a Abbdel siempre le había gustado encabezar los rezos. Cuando aprendió a rezar, era el primero en llegar a la diminuta sala de su casa donde hacían el rezo comunitario, y decía cada una de las palabras con gran entusiasmo. Pero aquel día, y por primera vez, las palabras que salían de sus labios le sabían a nada. Quizás fuera por lo que iba a hacer próximamente.
Tras terminar, decidió que no necesitaba hacer nada más allí. En una silla de la esquina de la habitación estaba lo que necesitaba. Con una leve vacilación, cogió la mochila que años atrás un amigo le regaló; una mochila que contenía un móvil trucado unido, de manera que no sabía explicar, a diez barrenos de dinamita, listos para cumplir su función fatal. Se la echó al hombro y se encaminó a la salida.
Su subconsciente le obligó a mirar durante un segundo la foto de su mujer que había en la mesita de noche. Resultó ser una trampa mortal, pues los negros ojos del retrato impidieron que se moviera un milímetro. “¿Qué pensaría ella si supiera lo que iba a hacer? ¿Estaría de acuerdo? No, seguramente no. Es demasiado buena para pensar eso. Y también demasiado buena para comprender el por qué de lo que voy a hacer esta mañana” se dijo para sí. De repente, su móvil sonó. Alguien le había enviado un mensaje. Abbdel lo ignoró. Tenía demasiadas cosas en la cabeza.
Rápidamente salió a la calle. La suave brisa mañanera calmó levemente su estrés. Miró su reloj.
El camino desde su casa a la estación de metro se le hizo eterno. Para entretenerse, decidió repasar mentalmente su plan. Cogería el metro, aproximadamente a las 7:20. Esperaría pacientemente a que llegara a su destino. En el momento en que las puertas se abrieran, saldría rápidamente en dirección al andén del tren de las 7:35. Entraría, dejaría la mochila en el portaequipajes superior del vagón y saldría sin demorarse. Más tarde pondría rumbo al aparcamiento, donde estaría el coche que sus “hermanos” le habían preparado para escapar. Desde allí, y cuando viera el tren alejarse, llamaría al teléfono móvil de la mochila. Y entonces todo acabaría.
Finalmente llegó a la boca del metro. Descendió ágilmente las escaleras. El metro en aquella hora estaba totalmente abarrotado. Hombres y mujeres, de todas las edades y razas caminaban de un lado a otro, afanados en llegar a destinos que él jamás conocería. Apretó un poco la marcha; bajo ningún concepto debía perder el metro.
Lo cogió justo en el momento en el que las puertas automáticas se cerraban. El vagón estaba completamente lleno, y el olor a humanidad era considerable. Por suerte y a medida que se iban sucediendo las estaciones, se fue vaciando. Abbdel pudo incluso sentarse en una incómoda silla de plástico.
Se fijó en una mujer con una niña, posiblemente su hija. El sudor empezó a resbalar por sus manos. La madre y su hija jugaban, y ésta última se reía ruidosamente. En un momento, la niña le miró y le dedicó una amplia sonrisa.
Su corazón se encogió ante la enorme carga emocional de la sonrisa de la niña. Miles de dudas comenzaron a rondar su cabeza. “¿Realmente debo hacerlo? ¿Qué culpa tendrían esos desafortunados pasajeros que cogerían el tren, de lo que le iba a suceder? Entiendo perfectamente mis razones: la Guerra Santa, la proclamación de la verdadera religión, el intento de retomar Al-Andalus… ¿Pero qué culpa tendrían las personas que por deseo de Alá estuvieran destinadas a coger el tren?” pensaba Abbdel.
Intentó tranquilizarse. El líder ya le había advertido de que eso le podría ocurrir. Debía centrarse en su recompensa: la aceptación del pueblo Islámico y su recompensa en el más allá. Eso era lo único que necesitaba.
Finalmente llegó a su destino. Bajó del vagón y caminó nerviosamente hacia su objetivo. No necesitaba mirar los carteles informativos para saber el camino a seguir. Había hecho ya muchas veces aquella ruta para memorizarla. Subió a un vagón al azar. Cogió su mochila, la puso en el portaequipajes y salió por otra puerta. Su mayor temor era que alguien se percatara de sus extrañas maniobras, pero por suerte había demasiada gente para que alguien se fijara en ello.
Con paso ligero, como caminaban todos, se dirigió hacia el aparcamiento, cabizbajo y sudando como hacía mucho que no sudaba.
La enorme explanada del parking se le antojaba mucho más pequeña de lo acostumbrado. En la lejanía, su furgoneta Renault blanca resplandecía con el sol. Había llegado el momento. Debía hacerlo ahora, antes de que fuera demasiado tarde. Cogió lentamente su Nokia y marcó el números: 678934521. Era la hora. Desde el parking, podía ver como el tren de las 7:35 se alejaba. Solo tenía que pulsar el botón de llamada y todo acabaría. O un infierno comenzaría, no estaba seguro. Abbdel Tawwâb dudó, dudó como jamás había dudado en su vida. Nunca una acción tan simple le había acarreado tantas cuestiones morales. Miles de imágenes se sucedieron en su mente. Era demasiado para él.
Pero al final ocurrió. Su dedo índice pulsó el botón de llamada. En un instante, una enorme bola de fuego, precedida de una explosión ensordecedora, se alzó en el horizonte. Una gran humareda oscura tiñó el cielo de negro, y los gritos de las personas que también se hallaban en el aparcamiento, resultaron ser la fatídica banda sonora.
Abbdel se metió en su coche a toda prisa y comenzó a rezar. Estaba hecho un charco, pero no le importaba. Apoyó la cabeza en el respaldo y suspiró: ya estaba hecho.
Tras tranquilizarse un poco, recordó que había recibido un mensaje hacía rato. Sacó su Nokia del bolsillo y lo leyó.
“Hola cariño. 11 de Marzo. Hoy es tu cumpleaños, ¡felicidades! 31 años ya. No te he querido despertar. Tengo mucho que hacer esta mañana (incluido un regalo para ti). Cogeré el tren de las 7:35 en Atocha para que luego pueda ir al mercado con tranquilidad. Me gustaría estar más tiempo contigo en ésta fecha, a tu lado, aunque sé que estarás trabajando ahora. Te quiere, tu Sahira.”
La unión vital
Diego Sánchez
Me llamo Tyron, y soy un chico de doce años normal y corriente del siglo II. En mi poblado, los niños trabajamos en carpinterías, recolectando o incluso cazando o pescando animales pequeños.
Hoy perseguía, por la mañana, a un pequeño jabalí marrón y con unos pequeños cuernecitos muy poco sobresalientes. Casi lo tenía cuando se metió entre unos arbustos. Yo iba a introducirme en ellos, pero se escuchó un grave ruido, mejor dicho, un rugido, bastante cerca. Era su padre. Me quedé paralizado, y cuando el padre del pequeño jabalí se presentó ante mí, no me moví. Me levanté despacio mirando fijamente al jabalí. Cogí una piedra y la tiré hacia un lado. El jabalí, como un perro juguetón, empezó a correr detrás de la piedra. Aprovechando este momento de despiste, comencé a correr en la dirección contraria. Por el susto, no veía por donde iba y me caí por un pequeño barranco de quince pies.
En el filo había una raíz de un árbol cercano, ahí se me enganchó el pie. En la pared rocosa, había unas ramas y algunas plantas con pinchos que me rozaron la espalda. En el suelo había muchas rocas puntiagudas y restos de agujas de puerco espines.
La caída fue horrorosa, mientras caía, vi pasar toda mi vida ante mis ojos. Al llegar al suelo ya me había arañado bastante con las ramas. Entonces algunas piedras penetraban en pequeñas heridas y otras, o las agrandaban, o hacían aun más heridas. No podía moverme y estaba demasiado herido para protegerme de otros animales. Entonces, cuando creía que iba a ser atacado por un jabalí que estaba por allí, apareció una gran sombra desde una cueva, el jabalí salió corriendo después de escuchar su temible rugido. Era como una mezcla entre un gran león y un lobo hambriento, pero aun así, mucho más fuerte y temible. Se me paró el corazón e intenté hacerme el muerto, aunque faltaba poco para estarlo, para que creyera que no le servía de alimento. Pero no ocurrió eso.
De la sombra salió una gran garra escamosa de cuatro dedos acabados en unas afiladas y grandes uñas, en donde estaba enganchada una cosa roja, era la mitad de un corazón. Antes de introducirme el ``semicorazón´´ en el pecho, este empezó a brillar, tanto que me obligó a cerrar los ojos. Cuando los pude abrir, ya no me sentía herido ni agotado. Me sentía mucho más fuerte y me desaparecieron las heridas quedándome solo unos pequeños moratones. Sorprendido y comprobando que todo estaba en su sitio, me levanté. Confuso, me acerqué a la cueva de donde salió la garra, para averiguar quién o qué era la cosa que me hizo aquello, le debía dar las gracias.
Desde fuera no se veía nada aparte de la oscuridad de la cueva. A la entrada había huesos y cuerpos de animales muertos, por este motivo, se me cambió la cara de alegría por la de miedo. Entré hasta varios pies de la entrada, por si tenía que huir. De repente, una luz acompañada de calor, apareció en el fondo de la cueva. Curioso, me acerqué despacio. No me lo podía creer, lo que vi solo era un cuento para irse a dormir, por lo menos eso creía yo hasta ahora. Muchas veces, para irnos a dormir, nos contaban que por la noche atacaban al ganado, entonces nosotros preguntábamos que quién. Ellos nos decían que había sido el ser más temido, el más grande, el más horroroso,...el dragón. No me lo creía hasta que ese ser temido me salvó la vida.
Me acerqué contemplándolo. Él estaba tendido en el suelo con su largo cuello hacia arriba, mirándome fijamente con sus ojos rasgados de color anaranjado. Toqué su piel de baja temperatura y constaté que era escamosa. Se le escapó una sonrisa, y pude ver sus grandes y afilados dientes de animal carnívoro, aunque más al fondo, tenía restos de plantas, por lo que supuse que era omnívoro. Su aspecto de reptil me recordaba al de un cocodrilo, excepto por dos cosas, sus cuatro piernas alargadas y sus dos alas acabadas en tres pequeños pinchos.
Miré su pecho, era como unas láminas duras superpuestas. Levantó su gran garra, creyendo que iba a atacarme, me eché para atrás. Pero la garra se dirigía a una de las láminas, la central. Se la desplazó y me mostró una luz roja muy brillante. Cuando me acostumbré a tan intensa luz, pude ver que tenía la mitad de un corazón, entonces supuse que la otra mitad del corazón, fue la que me introdujo en el pecho.
Le dí las gracias despacio para ver si me entendía, pero me sorprendí al ver que me respondía claramente en mi idioma. Yo le pregunté que por qué sacrificó su mitad de vida para salvar la mía. Él me dijo que conocía el futuro, y el nuestro era permanecer siempre unidos en la vida cotidiana, en mis problemas y en las batallas futuras. Yo acepté y desde ese momento cuando yo lloro él siente tristeza, cuando estoy herido, él siente un pellizco, y lo mismo al revés. Me ayuda en todo, desde mis tareas domésticas, hasta mis labores cazadoras. Siempre está conmigo aunque los demás no lo ven por que se vuelve invisible. Si lo descubren moriríamos los dos. Ese es el sacrificio.

Marian Altuna
Esta es una historia que no tiene una explicación científica y me contaron a mí hace mucho tiempo, cuando el ser humano descubrió el fuego.
Kima era un niño del Paleolítico, solo habían pasado ocho años desde que nació y, sin embargo, era mucho más adelantado que otros niños de su edad. Pero él tenía un truco: todas las noches se reunía con un lobo cachorro que tenía la manada más lista y se lo contaba todo.…
Pasaron los años y Kima seguía siendo el más adelantado, a tanto llegó su inteligencia que hasta lo eligieron su líder… Pero ser líder… también significa más responsabilidades.
La noche que a él le tocaba estar de guardia apareció su viejo amigo el lobo. Hacía mucho tiempo que no le veía ya pues una vez que se acercó a la aldea los habitantes de la tribu reaccionaron tirándole piedras, Kima sólo observaba como el lobo huía, y pensó que no volvería a verle nunca más. Al reconocerlo se alegró mucho, sin embargo el lobo giró la cara:
_¿Qué te pasa?_ dijo Kima triste. _ ¿Por qué no quieres hablarme?
_Si no quisiera hablarte no hubiera venido hasta aquí_ Dijo el lobo mirando fijamente a Kima.
_Entonces… ¿Por qué me vuelves la cara?
_Sólo quiero saber por qué no hiciste nada cuando me apedrearon.
_Me apedrearían a mi también y moriría._ Dijo Kima bajando la cabeza.
_Por lo menos morirías salvándome y yo no hubiera acabado con estas cicatrices_ Y mostró su espalda llena de arañazos y heridas.
_Por favor, perdóname_ Dijo Kima suplicando.
_ ¿Que te perdone…?_respondió el lobo.
_Si por favor, haré lo que tú quieras.
_Bueno…. es que…. no sé… _Añadió el lobo pensativo.
Entonces al lobo se le ocurrió una idea: le daría un secreto además de su perdón, que le serviría para darle un escarmiento.
_ ¡Bueno de acuerdo!_Dijo el lobo_ Pero no sólo te perdonaré también te daré un último secreto_ Añadió este con una sonrisita malévola_ Un secreto que sólo conoce mi manada.
_ ¿Cuál?_ Dijo Kima preguntándose que podía ser ese secreto que nadie más conocía excepto ellos.
_Verás… el secreto que voy a contarte es…_ dijo el lobo añadiendo intriga_ ¡El Fuego!
_ ¿El qué…?_ Dijo Kima repitiendo pues nunca había oído hablar de esa cosa llamada “Fuego”.
_Ven y te lo explicaré_ Termino diciendo el lobo.
Según el lobo “el Fuego” era un fenómeno que tanto podía quitarte el frió y cocinar la comida, como quemar un bosque entero y matarte, y le sugirió a Kima que tuviera mucho cuidado. También le habló de cómo hallarlo.
Un día llegó la hora de la venganza, el lobo iba acompañado de toda su manada (doce lobas y él, el lobo “alfa”) se dirigían al campamento de Kima. Empezaron a distraer a todos los humanos y mientras los hombres se defendían el “alfa” fue hacia el fuego. Kima astutamente apareció de la nada y con un palo le dio al animal y lo tiró al suelo.
_ ¡Por qué me haces esto!_ Dijo Kima furioso_ ¡Mira el desastre que has causado!_ Y señalo a toda la gente herida y los destrozos de ramas y piedras tiradas por en medio.
_ ¡Te lo mereces!_ Gritó el lobo.
_Creí que me habías perdonado_ Añadió Kima entristecido.
_ Y así fué, pero pensé que…
Pero el lobo no pudo terminar la frase pues el golpe que había recibido fué muy fuerte y antes de poder seguir hablando, cayó ante los pies de Kima.
De repente, todos los demás lobos se marcharon y mientras las otras personas ayudaban a los malheridos, Kima se arrepentía de haberse quedado quieto hace unos años mientras hacían daño a su mejor amigo y de haberlo matado ahora con sus propias manos. Ocurrió en una tormentosa lluvia; Kima no volvió a ser el mismo.
Desde entonces los lobos se vengan de los hombres quitándoles su ganado mientras estos disfrutan en sus casas con el Fuego que les ofreció el asesinado lobo alfa.

